Cómo fue el día de la alternativa de ‘Jerezano’

Se cumplen 52 años de la alternativa de Luis Parra, un 1 de mayo en Jerez

El uno de mayo es una fecha muy importante para Luis Parra Jerezano, la de su alternativa. También han sido importantes muchas cosas que él ha vivido a lo largo de estos cincuenta y dos años. Pero en realidad el pasado ya no importa. Lo importante es que hoy estamos todos aquí. No obstante, podemos hacer un esfuerzo de memoria e imaginación para traer a nuestro presente aquellas veinticuatro horas de la alternativa.1

Una vez que te dicen cuándo es la alternativa ya no haces más que pensar en ella; no piensas en otra cosa. Luis estaba parando en el cortijo Valcargado. Antonio Ordóñez, por aquel entonces, le apoderaba. La víspera, había allí muchos invitados ilustres, entre ellos el gran actor Orson Welles, pero no se fijaba en ellos; sólo pensaba en la ceremonia del día siguiente. Ordóñez, en atención a sus invitados,  quería que aquella velada saliera estupendamente y le invitó a torear. El toro no salió bueno. Lo sintió mucho pero decidió matarlo pronto; si bien no le importaba que le diera seis revolcones, le podía partir un hueso y estropearle la cita del doctorado. A Ordóñez no le sentó bien y Luis quedó disgustado; aquella noche lo pasó mal.

Pero la vida va y viene. Al día siguiente, tras asistir a misa matinal, comió en casa un poco de sopa y una tortilla francesa. Luego se metió en un hotelito que había en la plaza del Arenal, en donde estaba desde el día anterior la cuadrilla. Ésta la formaban Mateo Navarro, hijo del conocedor de Curro Chica (ganadería que estaba en Bornos y en donde se hizo picador), y Mateo Sánchez Bocanegra, de Alcalá de los Gazules; dos picadores de categoría. Los banderilleros eran José Ferré “Sentencias”, de Valencia (figura de los banderilleros), Juan Antonio Romero, de Jerez (que había sido matador), y Juanito Vázquez Garcés (el chico de los Vázquez), de Sevilla. Los cinco fueron al sorteo; los picadores también, porque tenían que mirar los palos y ver los caballos.

Estuvo un rato en la cama y luego se fue a la azotea a tomar un poquito el sol. En esto llegaron Rafael Ortega y su primo Paco, el anterior apoderado, a desearle suerte. Cuando se marcharon miró al vestido de torear, que estaba en la silla; era grana y oro, precioso. Le dijo al mozo de espada, Garbancito, que empezara; aunque aún era temprano estaba loco por vestirse. Se vistió y al poco se fue al coche y cogió camino para la plaza. Allí había una expectación grandísima. La aumentaba el hecho de que le diera la alternativa el Litri, que fue un revolucionario del toreo, uno de los toreros más grandes que España ha dado; eso era un orgullo para nuestro protagonista. El padrino, por su parte también, era uno de los toreros más grandes que ha dado Méjico, el recordado Joselito Huerta.

Los toros eran de don Fermín Bohórquez. El primer toro, de nombre Insensato, se lo habían dejado escoger los compañeros de cartel, como era costumbre siempre que había alternativa. Era hermano de uno que Luis había toreado de novillero en un festival en Málaga, alternando con Aparicio y Ordóñez. Aquel novillo había sido extraordinario, tanto que se dejó cortar las dos orejas. Ordóñez le pidió a don Fermín un hermano para la alternativa, pero el de ahora salió parado y no sirvió. Litri cortó cuatro orejas y Joselito Huerta, tres. Sólo le quedaba una oportunidad con el que estaba dentro y Luis lo andaba pasando mal. “Como me salga otro como el primero, esto no va a ser nada bueno”, pensaba.2

Pero la vida va y viene. Ratonero era de nombre, del hierro de la mujer de don Fermín, doña Soledad Escribano. Se lo brindó al apoderado y, gracias a Dios, éste sí fue bueno. El toro embistió, estuvo muy bien y le pegó un espadazo, saliendo rodado. Le dieron las dos orejas y el rabo. Los tres espadas salieron a hombros por la puerta grande de Jerez.3

De vuelta al hotel, cuando fue a la ducha vio una mancha de sangre sin saber de dónde, pero cuando se estaba enjabonando se metió el dedo entero en una herida en la zona perineal. Recordó: el primer toro, al entrar a matar, le había echado mano y le había pegado un puntazo por abajo Cuando sale de la ducha está allí Ordóñez, para darle la enhorabuena, y le dice: “Voy a tener que ir a la clínica del doctor Luis Romero Palomo”. “¿Por qué, te pasa algo?” “Maestro, que me he descubierto una herida aquí”. “Venga, vamos”. En la clínica el doctor le limpió bien y le suturó, diciéndole: “un día te va a matar un toro y no te vas a dar ni cuenta”. Luis decía para sí: “¿Qué no me he dado cuenta? Sí me he dado cuenta, y bastante”.4

De allí se fueron a casa de don Alfonso Domecq, donde el apoderado tenía preparada una cena con muchos invitados. Estuvo Luis un rato pero al poco quería irse a su casa y descansar; así es que se despidió pronto buscando en casa las nubes de un sueño que debió ser difícil de conciliar pero muy agradable de entrevelar.5

Y hasta ahí. Ese fue el día de la alternativa. Luego ya había que pensar en Madrid,  porque el día 28 tenía la confirmación y el día 29 tenía una segunda corrida en Las Ventas. Todo eso fue también muy importante. Pero ahora lo realmente importante es que hoy estamos todos aquí.6

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