500 euros

Cuando en enero de 2002 España se apuntó al Euro, muchos no salíamos del asombro al corroborar que un solo billete equivalía a ochenta y tantas mil pesetas de entonces. Era un billete de color rojizo, con un valor de 500 euros. Llevarlo encima era la mejor manera de hacer ostentación pública.billetes 500 euros

Hoy tener un billete de 500 euros en la cartera es una temeridad y, además, convierte automáticamente a su portador en un desgraciado por incapacidad de consumo. Nadie en su sano juicio lo cambiará por 10 de 50. Ni lo aceptará como medio de pago, a no ser que pase mil controles de seguridad y la compra supere ampliamente los dos ceros.

Circulaban por las calles, gasolineras, tiendas, quioscos o bancos y cajas de ahorro con casi la misma facilidad que ahora lo hacen los billetes de 20 euros. También fueron habituales los de 100 y 200, ya desaparecidos y caídos en combate. Eran los tiempos del España va bien. De aquellos polvos, los lodos presentes.

Están, pero no están. Se sabe que existen, pero nadie o casi nadie los ve. Su presencia se ha convertido en un gran ejercicio de fe. Tenerlos, una esperanza. Repartirlos a espuertas entre los más débiles, el mejor trabajo de caridad. Aunque ni las virtudes teologales juntas harán posible que los de 500 euros reaparezcan.

El Banco Central Europeo, el mismo que pincha una vez sí y otra también en sus previsiones económicas, ha decidido retirarlos de la circulación. Dicen los doctores de la economía transnacional europea que lo hacen porque los de 500 euros son los billetes preferidos para lavar dinero o esconderlo al fisco. Aunque yo prefiero pensar que los retiran porque ya están retirados por lo inútiles que resultan para el común de los mortales, que son aquellos que sólo lavan ropa,  y porque es mucho más cómodo pagar con la tarjeta.

Hay que luchar contra el fraude fiscal y perseguir los delitos monetarios. Todos los gobiernos europeos están de acuerdo. Incluso todos los contribuyentes. De forma especial aquellos que en estas fechas descubren que deben pagar, en uno o dos plazos, por la declaración de la Renta del año pasado.

Pero el Banco Central Europeo parece que le ha dado una tregua a los chorizos de cuello blanco y tacos de billetes rojizos escondidos bajo una losa, en una caja fuerte o detrás del rancio cuadro de la tía abuela que preside el salón. Hasta 2018, es decir, hasta dentro de dos años, seguirá imprimiendo billetes de 500. Y yo me pregunto, si ese objeto cuyo valor es tentación y deseo es el mal de los males, por qué no se paran las máquinas ahora mismo.

Ahora que estoy escribiendo este artículo, tiro de memoria y no me acuerdo cuando vi por última vez un billete de 500. Me pregunto si volveré a verlos. Me pregunto que si alguno cae en mis manos ¿debo hacer un juicio de valor sobre si su procedencia es lícita o ilícita? ¿Busco una oficina del Banco Central Europeo y lo entrego como mi aportación contra el fraude fiscal? Creo que lo disfrutaré. Son de esas cosas que después de 2018 uno sólo volverá a ver en fotos. El BCE me está dando la oportunidad.