Un abuelo contribuyente y cabreado

Sobre el Hospital de Jerez: “¡Vivan los recortes!, porque lo recortado se necesita para los lustrosos sueldos de algunos”

 Artículo de Opinión de Pascual Fernández Espín 

No es la primera ni la décima visita por estas tierras de conquista y conquistadores, y seguro que a partir de ahora, en que los límites de mi saga y cariño han traspasado los linderos territoriales, se sucederán más a menudo a esta acogedora ínsula del dios Baco; territorio de grandes genios: de cantantes y cantaores, de  vinos y toreros, de artistas varios. Pues en estas tierras de esencia pura, a un trozo de mi saga le ha dado por venir a este mundo de troleros, de golfantes y politiqueros, (ancha es Castilla, que dirían en la Reconquista) seguramente a pagar más impuestos que a recibir prebendas, porque ya me dirán ustedes el panorama que tenemos: más impuesto que en la Europa rica, y tropecientas elecciones por barba para asegurar el puesto de algunos. Qué importa la sangre y sudor que le cueste a este país o lo que nos juguemos a lontananza de nuestro horizonte. Hay quien dice que mejor muchas elecciones que ninguna. Y estoy de acuerdo en el aforismo, pero cuidado con los excesos, hasta el jamón ibérico cansa.

Pascual Fernández Espín, escritor murciano nacido en Bullas en 1948, es autor de "Bulerías tal como lo escuché", "Salto lucero", "El pastel ajeno", "Con el Otoño a cuestas" y de "Testimonio de una tragedia".
Pascual Fernández Espín, escritor murciano nacido en Bullas en 1948, es autor de “Bulerías tal como lo escuché”, “Salto lucero”, “El pastel ajeno”, “Con el Otoño a cuestas” y de “Testimonio de una tragedia”.

Llevaba razón Ortega y Gasset en su España Invertebrada, por muchas nacioncillas que se formaran, se formen o se hayan formado, con sus abundantes séquitos comiendo de la sopa boba, no hay dios quien nos vertebre con cierta racionalidad, aquí cada uno tira para su faltriquera, y que parta un rayo al vecino. Casi todos los “grandes” prohombres, y próceres mujeres, hasta la fecha, parecen haberse conjurado para que sus nombres perduren más en la posteridad que en servir al pueblo, de ahí los innumerables cartelitos con letras de oro que hablen de sus inauguraciones, de sus obras o grandes fastos en vez de resolver los verdaderos problemas de los contribuyentes. (Ya ni ciudadanos.) Se nota el cabreo, ¿verdad? Pero no se preocupen, amigos de Jerez, a todo hay quien gane, y en la ancha España siempre hay alguien o algo susceptible de empeorar lo de aquí, y de hecho, los hay peores. Además ya lo decía el ínclito profesor Tierno Galván: “las promesas electorales están para no cumplirlas.” Y el tío se quedó tan pancho. Y con esas, si nos centramos en una promesa de cercanía incumplida, de una rimbombante ampliación del Hospital de Jerez a realizar en breve, por el arte del birlibirloque se ha pasado a un drástico recorte de personal y medios.

Pues miren ustedes, señores y señores: en este clima de gozo y deseo, en el umbral mismo de la indigencia de medios, le ha dado a Martín por nacer sin saber que lo hace con una deuda a su espalda de miles de euros, correspondiente a la España hipotecada, a su correspondiente Comunidad y como no, a su municipio. Yo de él me volvía al vientre materno.

Siendo como es Jerez tierra de posibilidades, de futuro y oportunidades, en su hospital, área maternal, se respiran instalaciones del pasado, costumbres del pasado y estrés en su personal sanitario por exceso de trabajo. Se respiran, en síntesis, promesas políticas incumplidas. De poco vale que el personal sanitario, salvo algún esqueje de caldo borriquero, con exquisitez y profesionalidad se esfuerce en contrarrestar la falta de medios, porque al final está lo que está.

Según denuncia el diario digital, mirajerez.com, ciento ocho camas menos este año 2016, que se vienen a sumar a las del año anterior, y anterior, y todo ello, para no contratar personal sanitario. ¡Vivan los recortes!, porque lo recortado se necesita para redondear los lustrosos sueldos de algunos.

Y en ese clima de euforia marchita nació Martín, siendo instalado junto a su madre, por no catalogar de enclaustrados, en una habitación, antes individual, ahora compartida, que por su medidas, apenas seis metros cuadrados, cama incluida y cortina echada, alguien en plan puñeta podría catalogarla como de cuchitril. Pero no vayamos a caer en la descalificación fácil y pasemos a los hechos: Justo por esos recortes que nadie reconoce, pero que todo el mundo sabe de dónde proceden, parece que alguien quisiera compensar con barra libre el acceso de visitantes a las instalaciones del hospital. Resultado, los pasillos convertidos en un mercado persa, donde sólo falta que alguien saque una guitarra y la emprenda con unas bulerías, porque público para aplaudir no le va a faltar, los hay a cientos, tantos que el propio personal sanitario se las ve y desea para hacer su trabajo. Un gentío que molesta a todos, y como es lógico, al silencio y reposo que precisan los pacientes del maternal.

Pero sigamos con los resultados ocasionados por los recortes. Salta una alarma anti incendios y el recuerdo de la funesta experiencia del reciente incendio en el hospital, además de aupar las anginas barriobajeras a la garganta, trae la inquietud a los ingresados, pero ello no es óbice para que la alarma siga sonado durante media hora (20/07/016) sin que nadie haga nada, hasta que por fin, cuando todo el mundo esperaba a los de mantenimiento, se presentó una señora vigilanta, puesta de porra y malos modos, para calmar al personal. Resultado, una trifulca de mil demonios con los propios acompañantes y enfermos. Más escándalo para los pacientes. Pero como el estrés y las prisas son como el agua y el aceite, unen mal, hete ahí que las pruebas del talón de Martín, o sea de mi recién estrenado nieto, salen mal y las del oído peor, por tanto, aunque sufra el niño, a repetir toca, que remedio, el estrés y los recortes traen eso.

Vamos, que sin tan siquiera mencionar el futuro de mi pensión, motivos para seguir siendo abuelo, contribuyente y cabreado, hay. ¿O no?