En la ciudad devastada

Tribuna libre de Gonzalo Rodríguez Alcantara

En la ciudad devastada el sonido que la despierta es algo más tardío que hace unos años. Como el océano multibramante de Homero, salíamos de nuestras casas con la pelea de la tensión en la mente, agendas apretadas y tinieblas del sueño. Había qué hacer. Ahora este mar contiene menos agua, así que las mañanas son más silenciosas. Hay movimiento, claro, pero está más derrotado. La marea del trabajo desplaza ahora menos volumen.

Como especie, en la ciudad devastada, hemos evolucionado para trascender y superar la ética protestante del trabajo y el espíritu del capitalismo, haciendo que a Max Weber le piquen los cojones en su tumba y jugando con la ventaja de dudar que pueda rascarse. Hemos evolucionado hasta un estado diferente, el ser subvencionado, el hombre multipropiedad, porque pertenece a todos desde el momento en que el mono toca el monolito negro y se le revela una verdad: que le han colgado del cuello una subvención. Digo monolito negro o podría decir el impreso de solicitud de la subvención que te recoge en registro un funcionario alienado en sus luchas sexuales, como cualquiera de nosotros, un conspirador social de Houellebecq, con el mundo como supermercado, de talla media, con su pequeño poder inmenso, nómina en el aire y siete correos diarios del sindicato, cualquiera vale, en su mail. Ninguno de valor.

Nuestra ciudad devastada y subvencionada es más espesa, más viscosa, fluye menos, así que la marea de personas que por las mañanas se desparrama por la calle para dirigirse a su trabajo ruge sin violencia, ya no genera el ruido que te anunciaba hace años que la cama, a  las seis y media, empieza a ser un lugar menos interesante. La conexión entre esfuerzo y dinero, el gran productor de ese ruido, ha sido violentada y ha mutado, en la ciudad devastada, a una relación simbiótica, de comensalismo, entre personas, objetos y subvenciones. Ellos se ven, ellos se entienden. Habrás de saber que la luz del sol tarda ocho minutos en llegar a tu ventana, tras generarse en una reacción nuclear, tan solo para traspasar el doble cristal subvencionado (impreso por triplicado, registro en Plaza Asdrúbal), por bien de la eficiencia energética, y alumbrarte estas líneas. Así se ha instalado la subvención en nuestras vidas, como un filtro de la realidad a través del que distorsionamos todo. Y como todos los filtros, roban su parte y entregan menos de lo que reciben.

En ocasiones los hombres disponen de su destino. Pero la culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros mismos, que consentimos ser inferiores”. Así arrimaba el ascua a su sardina Casio frente al nuevo corruptor, el ganador de voluntades que era César. Pero hacer de Casio es una gran mierda, porque te vistes de imbécil moral y terminas pidiendo que te mate un esclavo. El hombre subvencionado ha de matar a su tirano, aunque sea porque las leyes de la evolución dicen que no todos los caminos generan una especie superior. En realidad la mayoría se queda tirada en el camino, como vemos tirado a todo hombre subvencionado, aplastado y asustado en una inspección fiscal,  acto final en la representación de esta tragedia.

El artículo forzaba a darle vueltas a las teorías de la evolución, guardadas en un cajón unos años por miedo al cura, pero me quedo con otro Darwin menos naturalista, el que dice que “la miseria del pobre es causada, no por las leyes de la naturaleza, sino por las instituciones, grande es nuestro error”. Casio se preguntaba desde cuándo los muros de Roma habían contenido a un solo hombre, queja de un espíritu de muchos principios frente a otro que ocupa todo el espacio con algunos menos. Hay que preguntarse desde cuándo Jerez es la ciudad devastada en la que solo cabe el hombre subvencionado.