Un niño de los 90

El cine para un niño que nació a principios de la década de los 90

Es cierto que muchas veces una película es capaz de emocionarnos cuando la vemos por primera vez, sobre todo, si la vemos en el cine, en la gran pantalla.

Ese ritual en el que invitas a una amiga, compras las entradas, las palomitas. Subís al centro de la última fila de la sala hasta que se apagan las luces, se convierte en algo único que desearíamos repetir una y otra vez.

Pero hoy en día, los precios de las entradas son muy altos y nos cuesta más acercarnos a los estrenos de las películas, sobre todo, si pretendemos invitar a alguien, así que, muchas veces, esperamos a que sean la televisión o internet quienes nos sumerjan en un mundo de fantasías de diálogos directos y fotografías perfectas, que hacen que olvidemos, por unos minutos, nuestros problemas y, en ocasiones, nos ayudan y dan fuerzas para enfrentarnos a ellos cuando las luces se encienden y la película ha terminado.

De un tiempo a esta parte, en los llamados “días del espectador”, hemos podido comprobar cómo la gente se lanza en masa a los cines formando colas imposibles en las que es toda un reto poder adquirir una entrada para la película que queremos ver, sobre todo, si esta es la favorita del público. Lo pudimos ver con películas como “Ocho apellidos vascos”, “El niño”, o incluso “Ocho apellidos catalanes” , que aun se proyectan en las salas de toda España.

library-488672_1920Muy lejos queda, aquella ilusión que sentíamos cuando íbamos a los ya “en peligro de extinción”, “videoclubs” y alquilábamos por un día o un fin de semana la película que queríamos ver , sin catálogo, sin anuncios por televisión, simplemente por la impresión que causaban en nosotros las portadas de sus carátulas y sus sinopsis, como si de libros se tratasen.

Confieso que yo he sido uno de esos, que, siendo muy niño, corría al videoclub a alquilar películas como “La Señora Dubfire”, “Jumanji” , “Mentiroso compulsivo”, “Solo en casa”, “Scream”, “Un papá genial”, “American Pie”, “Scary Movie”, etc.. y que también, en muchas ocasiones, me vi aquellas que tanto le gustaban a mi hermana mayor como “ Por siempre jamás”, “Titanic”, “Pretty Woman”, “American Beauty”, “Amigas para siempre”, o aquellas “españoladas”, preferidas por mi hermano como “Jamón jamón”, “Cha, Cha, Cha”, “El tiempo de la felicidad” o “Belle epoque”, en definitiva, toda una lista de estilos diferentes engendrados en la década de los noventa.

Y es que yo fui un niño de los noventa y me crié con “Este chico es un demonio”, “Casper” y otras muchas películas que había que ir a buscar al “videoclub” y esperar a que los reyes Magos nos la regalasen en VHS, para poder disfrutar siempre de ellas; otro chico de los noventa que compró VHS, cassettes y rezaba para que el video o el equipo de música no atrapasen la cinta y tuviéramos que desmontarlos para salvarlas de un final fatal; otro chico que compraba en las tiendas de “ Todo a cien” y para el que tener un Walkman o una grabadora era todo un privilegio y compraba cintas VHS vírgenes para grabar películas, una serie o la Final del Falla.

Hoy la forma en la que accedemos al cine es muy distinta a la, que, afortunadamente llegué a conocer. Los videoclubs ya apenas existen y tanto los cassettes como los VHS dejaron paso al CD y DVD; formatos que dentro de poco, tampoco existirán y serán sustituidos por aquellos que ya vienen pisando fuerte.

cassette-994272_1280Las películas hoy están al alcance de nuestra mano con un solo “click” y tanto estas como las obras musicales las llevamos en el propio teléfono móvil táctil que tantas diferencias tiene con aquel Nokia 3510 con la carcasa de Bart Simpson que tanta ilusión me hizo de niño.

Y yo, irremediablemente , y a causa de la presión social y la comodidad , también me he convertido en uno de esos que con un solo “click” acceden a cuanto desean ver u oír, pero, os confieso que, aún hoy, en días en los que la nostalgia se apodera de mi “ yo poético y espiritual”, sigo viendo los VHS que conservo y oyendo aquellos cassettes que forman mi colección de Carnaval de Cádiz de la que tan orgulloso me siento, que es, junto a mis libros, la joya más importante que poseo, y es que yo, señoras y señores soy, me guste o no, al igual que muchos de mis lectores, un niño de los 90.