La Ruta del Colesterol

“¡Puñeta! Entre los tropezones y las dichosas caquitas no se puede andar, hay que ir dando brincos como las ranas”

 Artículo de Opinión de Pascual Fernández Espín 

Existe en algunas personas de canas y pensión una extraña simbiosis con el amanecer; un reloj biológico que cada mañana, minuto arriba minuto abajo, le anima a dejar las sábanas para lanzarse a explorar la jornada como si fuese la primera de su vida. Y en ese horizonte de expectativas a corto plazo, cuando el dolorcito de aquí o allí te lo permite, muchos comenzamos el día con el optimismo de un lampiño, calzándonos los deportivos y el chándal dispuesto a patear, una vez más, la “ruta del colesterol” de cualquier ciudad. Y así, mientras algunos de nuestros jóvenes lo hacen atléticamente, (que gusto da verlos correr con el móvil, su ropa de marca y cronómetros de toda guisa, pero si parecen escaparates) los de mi edad lo hacemos andando y con uniforme dispar, ya que la acumulación de años, algunos lo llaman solera, no da para más.

Pascual Fernández Espín, escritor murciano nacido en Bullas en 1948, es autor de "Bulerías tal como lo escuché", "Salto lucero", "El pastel ajeno", "Con el Otoño a cuestas" y de "Testimonio de una tragedia".
Pascual Fernández Espín, escritor murciano nacido en Bullas en 1948, es autor de “Bulerías tal como lo escuché”, “Salto lucero”, “El pastel ajeno”, “Con el Otoño a cuestas” y de “Testimonio de una tragedia”.

En este caso, la popular ruta del “colesterol” que nos ocupa y preocupa es la de Jerez. Una ruta que transcurre por la Av. Rey Juan Carlos I (rotondas 1-7) y sus aledaños. Con toda justicia, sin exagerar elogios, una zona preciosa si a los políticos de la actual legislatura y doscientas anteriores, además de cortar cintas e inaugurar eventos, hubiesen tenido en cuenta que después de inaugurar un parque, un jardín, una acera, o vete a saber, hay que conservar lo ya inaugurado y construido. Pero por mucho que algunos madruguemos o cambiemos de horizonte, y más ahora, en que nos encontramos en una continua época de márquetin político, algunos mintiendo más que habla… y mira que cascan. Ya digo: por mucho que madruguemos o cambiemos de hábitat, ellos, los políticos, siguen erre que erre como si todo el pueblo fuese corto de memoria o tuviesen ciertos defectillos en las entendederas.

Pero claro, hete ahí que la pura y cruda realidad suele hacer de notario y dar fe de lo que vemos, y los más simples detalles de nuestro entorno, una y otra vez dejan al descubierto lo mucho que prometen y lo poco que hacen, pero lo que más fastidia del caso es que, aun sabiendo de sus engañifas, ya digo: de Norte a Sur o del Este a Oeste de nuestro terreno patrio, procuran vestir sus promesas con los atuendos de una realidad ficticia; una utopía que muchas veces, demasiadas, descaradamente consiste en volver a prometer lo ya prometido: “En cuanto haya presupuesto, querido pueblo, realizaré esto o aquello, y tres huevos más”.personas-mayores-caminando

Promesas incumplidas siempre las ha habido y siempre las habrá, prueba de ello,  aunque no sea el caso, es que, algunos/as políticos/cas con mando en plaza, una vez aferrados a la chupeta del poder, donde dije digo, después suelen decir Diego, ya que lo único que hacen, eso sí, con distinta prosa que su antecesor, es continuar estrujando los bolsillos de sus gobernados con algún que otro impuestecillo extra que, según ellos, no pasándose mucho tiempo, sus beneficios de oro y moro repercutirán en sus queridísimos gobernados, abriéndose un futuro ante ellos de prosperidad y lujo. ¡Ele ahí! Vamos, que los impuestos no lo suben por nuestro bien. Y al parecer, en esas estamos.

Pero volvamos a la popular ruta del colesterol de Jerez.

Antes de que el sol se encabrite, la nube descargue o el jodido viento de Levante le dé por soplar, recorrer su trazado jerezano debería ser, además no contradecir la recomendación del médico, una gozada si no fuera por los numerosos obstáculos que se nos interponen en el camino. Les cuento. Raro es el día en que algún usuario de la calzada no muerde el polvo o se le ennegrece la uña del pie al tropezar en uno de los cientos de obstáculos que jalonan el camino. Y si a ello le sumamos las innumerables “caquitas” de perro en todo el recorrido, felicidad completa.  ¡Puñeta! Entre los tropezones y las dichosas caquitas no se puede andar, hay que ir dando brincos como las ranas. Pero si hay zonas en que las aceras parecen estar construidas sobre la falla tectónica de San Francisco, o la últimamente trágica falla italiana. De vergüenza o venganza, diría alguien con la cara avinagrada. A quien se le ocurre plantar árboles de  desarrollo radicular agresivo, sabiendo, como cualquier ingeniero agrónomo sabe, que existe una normativa oficial en la que se recomienda no plantar este tipo de árboles cerca de edificaciones, pavimentos, bordillos etc., por los daños que suelen ocasionar, y porque, a la postre, empañan la imagen de cualquier hermoso paseo o exuberantes glorietas, dando una imagen de abandono y desidia que no se corresponde con la realidad.

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¡Vayan ustedes, señores responsables! Vayan, visiten la zona y verán como raro es el día en que dos o tres atletas de cana y pensión no aterriza o dan tal traspiés que asustan al más flemático. Que ridiculez, dirán los de siempre, en un país donde las necesidades son tantas, ¿qué importancia tiene que un ciudadano pise una caca, si hasta hay quién dice que da suerte, o que en un tropezón se parta una pierna o se disloque la cadera. Pues es verdad…vamos, que hasta quizá lleven razón, en este país de taifas hay mucha, pero que mucha necesidad, y puesto que la nación lo que necesita urgente es sanear sus arcas, sobre todo la arca de las de las pensiones, (casi nueve millones de pensionista), para aligerar este capítulo, más que el mismísimo Pacto Toledo lo que se necesita es una eutanasia colectiva. ¡Vamos, digo yo!

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Pero ya ven ustedes, aun así, si últimamente mi corazón es habitad de muchos “ocupas”, sobre todo, de todos aquellos a los que quiero, Jerez comienza a colonizarme por completo, con sus partes menos laudatorias y sus partes más idílicas…¡qué bonito eres, Jerez!, ¡qué gente tan maravillosa jalonan tus calles! Confieso que tu majestuosidad ganó hace tiempo muchas cotas de mi entusiasmo, es más, si me lo permite ustedes, en estos momentos adopto a Jerez como segunda patria chica emocional. Ah, y lo de la eutanasia colectiva, es una broma, ni se les ocurra, que el grupo de cabeza voy, aunque eso sí, cada vez que me miro la uña del pie o me roza el zapato me acuerde de los familiares de alguien sin que tengan culpa alguna.