El tiempo, la Luz y el vino

El vino, como el Tiempo, está lleno de instantes, sólo tienes que dejarte llevar

 Tribuna libre de Fernando Castillo 

Y el Tiempo, quebrando su soledad, quiso detenerse como reloj callado. Levantó sus párpados y, asomado a la noche cubierta con su velo negro, creó la luz limpia y transparente respirándola en exhalación continua; y las sombras, guardiana de los reflejos, fueron apartadas por su creador rodeándolas y bañándolas en un baile de ternuras, haciendo historia bebiendo de su recuerdo, y proclamándose, desde entonces, como el primer amor ante la nada y compañera eterna.

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Regalando, regalándose, poco a poco, vehementemente, sin desfallecimiento ni gasto, sin fronteras, pues aún no han sido dibujadas; y con sus reservas intactas, la arropa místicamente en su cuna de arco iris abovada por mil puntos de luces multicolores.

Contendiendo todo un grande y sublime orden, permanece en las reservas del pasado y en los depósitos del futuro. Reflejándose uno en el otro, en un juego de espejismo, allá en el borde de su huida, huye en vano de sí mismo como un fantasma de su propia fuga, desmedidamente, cautivo de su propio rehén.

Así, la luz, viajó a través del Tiempo, despilfarrándolo, como melena suelta de rubios cabellos; su energía se expandía derramándose en todas direcciones y contagiaba a su alrededor cada rincón del espacio pulverizándolo con estrellas, en cuyos semblantes de regios matices y mágicas transparencias, se leían infinitos poemas, poemas que besan como besan los vientos de levante a las retorcidas cepas, como besa un amante.

Descubre que el cielo se vuelve azul y el sol amarillo, la tibieza de la aurora, la luna siempre llena ¡cómo mira asombrada con su inmóvil ojo de hojalata desde la ventana, serena! Concentrado en los escasos centímetros cúbicos de una uva, la viajera luz se encierra en sí misma en un torbellino diamantado de carnoso y turgente fruto, vislumbrando un sueño entre horizontes cartujanos embriagados de sol; el origen de su genuina identidad.

Cada cepa un racimo; cada uva un verso de un poeta que con sus manos sembró su destino, mojando con sus lágrimas las raíces que ahogado derramó su llanto íntimo. Y su zumo, sangre luciente de su alma, brilla con el Tiempo en la espiritual luz de una copa de vino.

Pero no. Es pronto para el invierno. La labor aún no esta cumplida. No hay amargura sin despedida. Quedan los patios con sol, las largas tardes de clima suave y sereno, y las ventanas abiertas a los rosales de inéditos y originales diseños. Quedan los colores que tiñen el campo llenando los ojos de naturaleza, el paisaje de montes bajos con cultivos de secano en sus laderas y las casonas batidas por el sol otoñal de cal dorada.

¡Llena las cestas de uva tinta y blanca! ¡Llena! mientras cae la tarde respirando luz, en calma, entre pisadas y arena. Pisan tu luz entre sol y sangre con piernas pulidas, la izquierda cruzada, la derecha arriba, los brazos en abanico cortando el aire bailando con la guitarra una bulería, cuna del cante y la alegría.

¡Toca las palmas que las copas están llenas! ¡Llénalas que están vacías! Pero no. Duerme con los ojos abiertos, a todas horas, duerme despierto. Todas las noches vigilando ¡cuándo vas a dormirte, cuándo!

Encerrada en su bota, con letras blancas de tiza, donde nadie la ve, espera dormitiva con mimo. Guardada y callada. El Tiempo y la luz. La luz y el vino. La mirada en los brazos de su madre de un niño.

Sin prisas lo absorve con suspiros versados en estrofas de roble, apurando su copa, recorriendo su destino, reposando con el poeta las estrofas del camino. Donde la humedad bulle en fermentos tempestuosos retornando el olor a toneles y reinan los príncipes antes que los reyes.

Baila mariposa alrededor de la flor del vino; ahoga en la poesía la sed; conviértete en líquida luz de viajes infinitos hacia paladares remotos de tiempos que cuentan al revés. Vive en la calidad de tu sabor, en el resplandor de tus mejillas espejos de la luz del sol, en el abrazo de una copa desnuda, esfera de la belleza con cielo de cristal.

Vive en el aroma de su jardín divino, en el perfume de su perfume cuando te besa en la boca mojándote con su calor y cuando me aturde el corazón con un gemido. Funde a las brasas prendidas como se inflama el fuego y el granizo, las hogueras en las fiestas, la leña trémula del día y moja el sollozo y la melancolía.

El vino, como el Tiempo, está lleno de instantes, sólo tienes que dejarte llevar. Antes de catar un vino aproxímate con respeto, cortéjalo y acarícialo delicadamente, viértelo suavemente en la copa dejando con paciencia que pierda su natural timidez, viene de muy lejos, de paisajes secretos entre piezas musicales complejas que nunca llegas del todo a comprender.

Deja que florezca y oxigene, síguelo, a su ritmo, con él, meciéndolo dentro del vidrio, y entonces podrás acercarte, aspirar su fragancia, y ya, ambos, estaréis preparados para un primer contacto; acércatelo a los labios y te mostrará en la boca todo su esplendor y grandeza; colócalo en la garganta y escucharás su voz de cerca, enajenado de la realidad inmediata, donde su estimulación es semejante a una experiencia espiritual.

Poseerás al sol que calienta y alimenta; su luz irradia desde dentro mientras el mundo espera, y su naturaleza, queda esculpida en la memoria dialogando con nuestro interior, conociéndote mejor con su pupila indiscreta. Recorriendo su destino apuró la última copa absorbiendo su suspiro. Y lo llamó poema. Anualmente, guardada y callada florece. el Tiempo y la luz. La luz y el vino.