El Shulten de la música antigua, Ángel Román

Sus investigaciones nos retrotraen a tres mil años

El jueves por la noche ha tenido lugar una conferencia titulada ‘La Música en la Iberia Antigua de Tartessos’ en el patio de Damajuana, pronunciada por Ángel Román Ramírez, sanluqueño, musicólogo, compositor y escritor; licenciado en Historia y Ciencias de la Música (Musicología) en la Universidad de Granada, profesor de Secundaria en un colegio de El Puerto de Santa María.

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Ángel Román ha escrito tres libros basándose en sus investigaciones: ‘Introducción a la Música en la España Antigua y en la Andalucía prerromana’, ‘La Música en Tartessos y en los Pueblos prerromanos de Iberia’ y ‘La Música en la Iberia Antigua: de Tarteso a Hispania’.

También acaba de publicar su segundo disco, ‘El Hada de Cabellos Coronados: Una Historia cantada’, en la que manifiesta su faceta de compositor con muchas influencias de estilos.

Usted ha investigado la música en la España antigua y en la Andalucía prerromana, ¿qué parámetros coincidentes hay entre lo de aquí y el resto de la Península Ibérica, o en su caso diferenciación?

Teniendo en cuenta las fechas que estamos barajando, las “músicas” que pudieron sonar tanto en el sur, como en otras zonas de la Península durante aquella época quedan fuera del alcance de nuestro análisis, a excepción de algunos testimonios que dejaron los historiadores antiguos, tales como Estrabón o Diodoro Sículo. El primero, por ejemplo, menciona un tipo de baile que realizaban las tribus cántabras, consistente en unos saltos flexionando las rodillas; si bien no menciona nada de la música en sí. Es de suponer que los harían, como mínimo, acompañados de algún tipo de percusión.

Diodoro, por su parte, menciona también un canto de guerra entre los lusitanos que, según el cronista siciliano, interpretaban los guerreros arrimando la cara a los escudos para provocar una resonancia mayor y así provocar un sonido más aterrador ante el enemigo. Según el escrito de Diodoro, en términos modernos aquel cántico debió tener un ritmo similar al que conocemos hoy como 6/8. Según van llegando los tiempos de las colonizaciones, en Tartessos se irán asumiendo las técnicas y los estilos próximo-orientales y mediterráneos, de tal forma que ya en el siglo VIII antes de Cristo, podemos hablar de un tipo de música basado en lo que algunos autores han llamado la “Sonoridad Mediterránea”, muy parecida a la escala o Harmonia Dórica de la antigua Grecia. Llegado el tiempo de Roma, en muchas de las zonas de la Península el tipo de música debió ser parecido, si bien conservarían rasgos propios de cada región como, efectivamente, ocurriría en Tartessos y después en Turdetania.

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Los ritos funerarios fueron espacios centrales para la interpretación musical, ¿qué resorte o intención piensa que movió a nuestros ancestros para llevar a cabo lo musical en esos momentos de pérdida?

La Música ha estado fuertemente ligada a la religión desde que el Ser Humano es humano. Ya tenemos constancia de rituales musicales relacionados con la religión, la muerte y el mundo del Más Allá desde tiempos prehistóricos. Hace 45000 años el Hombre de Neandertal enterraba a sus muertos y acompañaba con música a esos ritos. La Música servía como vehículo de comunicación entre lo mundano y lo Divino.

En la Antigüedad, muchísimo tiempo después de aquello, la relación Música/Religión/Muerte era inseparable. De hecho, la Música no era simplemente un entretenimiento, como se la considera (erróneamente) hoy día, sino que se trataba de un fenómeno de vital importancia. Literalmente: quien no interpretaba, cantaba o bailaba como se debía, incurría en un grave problema moral, ético y religioso. No era ninguna tontería. Así pues, para nuestros ancestros era extremadamente importante ejecutar debidamente las melodías, según la ocasión (había “escalas” y “ritmos” específicos según se dieran dichas ocasiones). No se concebía un ritual, del tipo que fuese, sin su acompañamiento musical, sus danzas o sus oraciones, salmos o responsorios.

La música es la banda sonora de la Humanidad, ¿usted cree que el ser humano viviría de modo diferente sin la música?

Yo tengo una frase que siempre pronuncio al respecto: la Música es innata al Ser Humano. En efecto, está inmersa en nuestra condición de seres inteligentes, ningún otro ser vivo crea Música conscientemente, salvo nosotros. Ciertas aves “cantan”, si bien esta es la interpretación que nosotros, como seres humanos, le damos. Las aves no “cantan”: ellas se comunican con otros individuos de su especie y la manera en que lo hacen, a nosotros nos suena “musical”. Pero, por supuesto, ellas no lo hacen con ninguna intencionalidad musical. Un canario no piensa que va a entonar un Do o un Fa sostenido… Eso es lo que nosotros interpretamos. El Ser Humano es en esencia musical y si no hubiésemos “descubierto” la Música (o si ella “no nos hubiese descubierto” a nosotros), seríamos otra especie; quizá inteligente… pero “humanos”, desde luego, no. Lo Humano va intrínseco a lo Musical.

Ángel Román con su lira
Ángel Román con su lira

Usted ha participado en el proyecto de recreación de una lira grabada en la Estela zaragozana, ¿qué supone para usted reproducir los sonidos y la música de hace tres mil años? y, ¿en qué documentación se basaron para que el sonido sea el que reproduce puntualmente en sus ponencias y sea igual al de la antigüedad?

Llamamos “recreación” y no “reconstrucción” al trabajo que hemos realizado, por razones obvias. En el caso de una “reconstrucción”, el objeto en cuestión se reconstruye a partir de piezas encontradas, pero incompletas. En cambio, nuestro instrumento ha sido “recreado” a partir de la iconografía, por lo que hemos tenido que basarnos sólo en hipótesis y nunca (repito: nunca), hemos querido dar la impresión de que nos encontramos en la posesión de la verdad. Nada más (y nada menos) que nos hemos “atrevido” a llevar a cabo lo que otros investigadores no han querido hacer (o bien no han podido, o bien no han sabido). Es una apuesta arriesgada, pero en ningún momento pretendemos convencer a nadie de que este instrumento sonara así o asá de manera incontestable. Es sólo una hipótesis, susceptible de ser rebatida, sin duda. La afinación y la sonoridad de la lira está basada en los sonidos y las escalas que nos han llegado de los documentos fenicios y grecorromanos que, al contrario de lo que ocurre en Tartessos, sí existen.

Es más, la idea central de esta investigación se desarrolla en torno a este hecho: al no haber una “piedra” o una “tablilla” o un “grafito” grabados de la época tartésica en la que se dejara constancia de algún tipo de cántico o cualquier otra expresión musical, no tenemos más remedio que hacer un difícil ejercicio de “musicología comparada”, tomando como punto de partida las culturas colonizadoras que convivieron en nuestra tierra desde prácticamente principios del I milenio antes de Cristo, hasta entrada ya la Edad Media. Tanto tiempo es suficiente como para asumir que aquellas civilizaciones influyeron en la nuestra. No me cabe la menor duda de ello.

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Ya por último, su conferencia versa sobre la música en Tartessos, ¿cree que hay un hilo conductor entre aquella época y su música con el pasar de los siglos y la evolución musical hasta llegar al flamenco?

Es un tema difícil de explicar en unas cuantas líneas, pero la respuesta es afirmativa. Como ya he dicho más arriba, existe un sustrato musical milenario denominado Sonoridad Mediterránea que, muy a grandes rasgos, contiene la cadencia tan típica de la música flamenca, es decir, la cadencia La-Sol-Fa-Mi.

No pretendo decir que en Tartessos se cantaran fandangos; pero sí que durante mil quinientos años hubo un tipo de música, un estilo, una sonoridad que estuvo arraigada aquí desde la llegada de las primeras colonizaciones. De hecho, cuando llegan los árabes en el siglo VIII de nuestra era, encontraron muchísimas similitudes entre sus costumbres musicales y las que había aquí (no en vano, tanto ellos como nosotros poseíamos una influencia común). Andando el tiempo, con la fusión de ambas culturas (próximo-oriental y peninsular-mediterránea), poco a poco irían consolidándose los cimientos del Flamenco, hasta que allá por el siglo XVI el pueblo gitano lo asume como una costumbre propia. La evolución hizo el resto.