Jerezano y el primer victorino desorejado en Madrid

Un 27 de septiembre el torero Luis Parra sale a hombros por la puerta grande de Las Ventas

Hablamos del año 1970. Luis Parra Jerezano había hecho temporada en Méjico y se vino a España con una herida abierta en el muslo. A la primera semana de la llegada a casa se anuncia en El Puerto y corta tres orejas y un rabo, de manera que le repiten a la siguiente semana y corta otras dos orejas; la tercera corrida sería en Madrid, en la feria de San Miguel, con ganado de Victorino Martín. Le llamó Rayito y le dijo que estaba puesto para el 27 de septiembre; no sabía de quién era el ganado y tampoco se lo preguntó; no le echaba cuenta a esos detalles ni era hombre de poner pegas. Además, Victorino era entonces poco conocido.

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En el cartel también estaban José Mata y Macareno. En la cuadrilla iban los picadores Félix Román y Paco Barroso; como banderilleros llevaba a un hombre de Madrid, además de El Nini y, de tercero, a Juan Bernal. El Nini, de Sanlúcar, era un banderillero sensacional al que no se le ha hecho el reconocimiento que merece. Luis traía una nueva tauromaquia que había practicado en Méjico. Le toca el primer toro de la tarde; tiene los pitones limpios y astifinos, de esos que los toreros de camelo no quieren ver ni de lejos. Lo recibió con dos largas cambiadas de rodilla; ese primer toro no salió malo y hubo ovación. Mata, con ambiente en Madrid, estuvo valiente en su toro, pero éste desarrolló genio y ganó la pelea. A Macareno el tercer toro lo coge en los lances de capote y, luego, al final de la faena le pega una cornada en la axila, tal que, tras la estocada, lo tienen que llevar para dentro y no vuelve a salir.

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Luis pensó que en su segundo tenía que salir a reventarlo. Se anuncia con los clarines el cuarto de la tarde. Se va a la puerta de chiqueros; en aquella época no era normal irse a la puerta de los chiqueros. Recibe al toro con una larga, de la que sale tan apurado que le pisa el capote y se cae ante la cara del toro, el cual se precipita sobre él y, con fiereza y saña, le cornea repetidas veces a placer porque los peones están lejos y tardan en acudir. No lo mató porque Dios no quiso. Lo llevan para la enfermería y ven que tiene gañafones por todos lados, pero cornada grave aparente no presenta. El doctor García de la Torre le dice que espere allí, que lo van a llevar al Sanatorio para observarlo mejor. En un hogar de Jerez había una mujer escuchando la radio.

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José Mata, después de torear y matar al cuarto, se iba a quedar con los dos restantes, lo que era un papelón. Luis le dice al mozo de espadas que le avise cuando vaya a entrar a matar al quinto. “¿Cómo vas a salir?”. Estaban en Madrid y tenía que responder a la afición. Le ajusta el traje con vendas y esparadrapos y sale. El doctor, que lo ve en el callejón, le vocea: “estás loco, que sepas que he puesto en el parte que te prohíbo salir y estás aquí bajo tu responsabilidad”. “Doctor, hasta luego”. Esto es la fiesta, el gesto de la hombría, no la pamema falsamente teatral.

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Tocan los clarines para el sexto, que según el sorteo debería ser el segundo de Macareno. Se sale Luis del burladero y oye las palabras que dice Mata, asustado, para sí, ¿otra vez, otra vez a la puerta de los chiqueros? ¿Quién le iba a decir a él que poco tiempo después un toro lo iba a matar en Ciudad Real? Se hinca de rodillas ante la puerta de los chiqueros y el torilero, persona mayor, con el pelo blanco ya, le dice con la mano que no abre la puerta. Luis no se mueve y así pasa un rato; se levanta, se acerca al empleado y le grita “O me echas el toro o me derrito de miedo” para volverse a hincarse. Al final le hizo un gesto de medio lado diciéndole “Ahí lo llevas”. El toro salió del último chiquero del pasillo, lejos; se veían las puntas en la oscuridad y le parecía que tardaba veinte años en salir, de tantas ganas que tenía de terminar aquel rato por el miedo que estaba pasando. Había un silencio aplastante. Le dio una larga cambiada y luego con el capote tuvo suerte. Al caballo lo llevó galleando con el capote por detrás y le pusieron dos puyazos. El tercio de banderillas fue bueno pero el toro era muy bravo y comía. Se fue a los medios y brindó al público. Puso la montera en los pies y el toro empezó a pasar; a cada vez adelantaba la montera con los pies y le ganaba medio metro. En uno de los pases le arrancó media banda de la taleguilla. Después de tres o cuatro pases por alto, le dio distancia y lo cuajó, lo cuajó. Venía hecho, muy preparado y con ganas; no se le podía ir ese toro. Le dio unos veinticinco pases; le pegó un estoconazo y el toro salió rodado de los vuelos de la muleta. No había visto a Madrid más volcado. Le dieron las dos orejas y se quedó la gente con los pañuelos pidiendo el rabo casi dos minutos. En la vuelta al ruedo iba llorando; un periódico tituló su crónica “Yo vi a un hombre llorar”. Hay orejas y orejas; aquéllas no eran de lástima; es que después de lo que había pasado en el cuarto tuvo la suerte de cuajar a ese toro. Era el primer victorino que se arrastró al desolladero de Las Ventas sin las dos orejas; la cabeza de aquel animal se colgó en el Museo Taurino de la plaza y allí sigue todavía.

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Qué no le pasaría al torilero, que a los tres días se murió. ¿Sería del susto que pasó, después de haberse negado a abrir la puerta del toril sabiendo lo que iba a salir? Luis no cree que tuviera más valor que Guerrita o Frascuelo; tenía el valor suficiente para estar delante de un toro y cuando se está dispuesto a morir, como él estaba aquella tarde, aquello sale para adelante. Hablan de Madrid (¡Madrid!); se le teme cuando se va de mentira, pero cuando se va de verdad en Madrid se triunfa y se gana dinero. Díaz-Cañabate cerró su crónica diciendo: “Si hubiera de vez en cuando corridas como ésta volvíamos a los tiempos de la verdad en los toros y en los toreros”.

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La mujer logró conectar por teléfono con la plaza de toros y el empleado que andaba cerca lo coge y pregunta quién llama. “Soy la esposa de Luis Parra Jerezano y estoy informada por la radio; por favor, dígame cómo está mi marido o si lo han llevado ya al Sanatorio”. “Mire, señora, es cierto que entró en la enfermería pero ya salió y ahora mismo lo están llevando a hombros y está saliendo por la Puerta Grande de Las Ventas; así es que deje toda preocupación y aprovecho para darle la enhorabuena”.

Después de aquella corrida ha continuado viéndose con Victorino. Cada vez que le veía le pegaba un abrazo. Algunas veces le decía que tenía que haber seguido con lo suyo, tal como estaba en aquel momento. “Victorino, ¿tú crees que yo quiero morirme todos los días? ¡No!”. Y el Paleto cerraba con una pregunta: “Después de triunfar de esa manera con un toro así, ¿qué más te da morirte?”

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