De veraneo

El veraneo se ha convertido paulatinamente en la antítesis del descanso. Lo que antes era utilizado como un leve paliativo del estrés laboral y familiar ha tomado la forma de un suplicio necesario.

Los destinos de veraneo, generalmente playa y montaña, se han globalizado; es decir, han adoptado la forma de globo con el efecto de una rectoscopia.

Las playas son enjambres con sus obreras, larvas, zánganos y reinas. Cada cual lucha a muerte por veinte centímetros de arena donde achicharrarse aplicadamente. Vuelan las tortillas de patatas, calcinados espetos y filetes empanados. El ser humano padece esa propensión al gregarismo físico y alimenticio. Entretanto envidio a los bancos de peces que por estas fechas se alejan aterrados de las costas.

Me asomo al balcón y no veo orilla ni arena. Han robado la playa y sólo han dejado un paisaje multicolor de sombrillas y cabecillas con el tono de los salmonetes que van y vienen en una bacanal de sol.

playa verano 2

Sólo me queda el consuelo del chiringuito, cuando tercia, desafiar la gastroenteritis y aceptar el moreno de cañizo que me hace acabar el verano con la piel de las cebras.

La montaña va por el mismo camino. Las que antes eran actividades de unos pocos chalados ahora han pasado a multitudinarias. Casi todos han descubierto las bondades del senderismo y hay pelotones de cientos circulando por los parajes más inusitados al paso de la oca. Las cabras monteses y los lobos les observan pasmados y meditan cambiar el hábitat por la playa. No lo recomiendo; de momento.

Al menos el aire es puro. Una bocanada excesiva supone una suerte de placentera embriaguez. Pronto las autoridades nos recomendarán respirar con prudencia o cobrarán por ello.

senderismo

Algunos, no demasiados, para mi gusto los más avispados, prefieren veranear a destiempo. No es mala cosa. Disfrutan en verano de las ciudades desiertas, del relajo laboral, del silencio, y a contrapelo acuden a playas o montañas, a gozar del frescor casi frío, de la soledad estremecedora, de la arena virgen, de las orillas calmas y de los verdes vivos mientras el resto se descuerna.

En los planteamientos veraniegos somos tan europeos como en los sueldos. Mientras en el viejo continente se esfuerzan por disgregar las ausencias vacacionales aquí colgamos el “cerrado” en julio y agosto, para el que quiere y el que no quiere; obligatorio. Y si el papel de los Estados es, o debiera ser, fomentar la sonrisa de los ciudadanos, debieran procurar cierta relajación en las fechas vacacionales. Aunque sólo fuera en función de la cacareada productividad.

A ver si Podemos empieza a poder, que ya es hora. Que lo de las estatuas y los nombres de las calles, salvo a algunos idiotas, nos las trae al pairo.