“El Botellón, una guarrada social, cada vez más extendida”

En 38 de los municipios de la provincia de Cádiz se realizan botellones “con todas las bendiciones papales”

 Por Pascual Fernández Espín 

Ni se les ocurra salir de buena mañana a dar un paseo por cualquier lugar apartado, o sin apartar, de una población los fines de semana, porque con el gesto contrariado comprobará lo que ha generado la noche y los jovenzuelos. Lo curioso, bueno, no, lo curioso, curioso, no, porque es una guarrada social, cada vez más extendida, los despojos que quedan esparcidos en la vía pública el día después de la fiesta. Y mañana, más… Aunque con ciertas reservas personales, en calurosa noche veraniega, quién no ha alargado una fiesta entre amigos hasta el nacimiento del alba…”Es que hace este fresquito, y se está tan bien que…” Sí, sí, se está muy bien, pero, digo yo, tu fiesta nunca debería convertirse en el tormento de otros, o que  te chillen los oídos porque alguien, con insomnio forzado y los ojos como platos, se esté acordando de toda tu generación. O sea, lo justo sería saber disfrutar con el máximo respeto al medio ambiente y todo aquel que, sin pedirlo, también “goza” de tu jarana.

Pero vamos a ver… y esa es otra, una vez acabada la fiesta ¿qué trabajo cuesta coger las botellas, los vasos vacíos y demás residuos sólidos y tirarlos a esas papeleras o contenedor que muchas veces están a menos de dos metros del lugar de autos? Pues no señor, a la mañana siguiente, el panorama urbano: plazas, parques y jardines tienen que aparecer hechos unas pocilgas por la extinta guerra entre gorrinos. Un grupo de estos, llamémosles jovenzuelos de espíritu desinquieto y limpieza distraída, todavía en el campo de batalla, con el sol bien alto y los síntomas festivaleros reflejados en el rostro, en pregunta directa sobre semejante desorden urbano, me contestaron que no tiraban nada de sus desperdicios nocturnos a las papeleras para protestar contra una sociedad con la que no se identificaban. Así, sin más. Y los tíos se quedaron tan panchos. “Es posible que así sea, les respondí, y que la sociedad tengan más de una cuenta que pendiente que saldar con nuestra juventud, pero también es una obviedad, que no necesita aclaración, que antes que vosotros también hubo otros jóvenes, y hasta es posible que tanto o más protestones como vosotros.”

Mientras les hablaba en plan socrático, recordaba para mis adentros que, algunas veces, muchas de mis protestas infundadas fueron silenciadas en el propio domicilio paterno con el imperativo espíritu de algún pescozón. ¡Ah!, y que no se te olvide, a las doce en casa. Era la orden de salida. Pero hoy, ¡quita, quita!, ni se le ocurra a ningún padre o madre reprender a su vástago de consola,  iPhone y Tablet en casa, y menos aún darle un bofetón a tiempo, porque además de una orden de alejamiento, el juez puede condenar el delito del bofetón a la pena de seguir manteniendo al “nene”, hasta bien cumplidos los cuarenta.

Lo cierto y verdad es que como a los humanos nos gusta la fiesta más que a Montoro el IRPF y el IVA juntos, por esta condición, las fiestas clandestinas y latosas suelen trasladarse allá donde se traslada la greguería por temporadas. Principalmente, ya digo, los fines de semana, que a su vez es cuando la gente de “curro” diario intentar descansar de la dura semana. Es verdad que si algunos echásemos la vista atrás, a nuestro tiempo ñoños, a los años de madurez ingrávida y enfados sin motivo, seguro que nos pondríamos colorados por nuestro inmaduro proceder, porque también entonces, muchos grupos de jóvenes nos montábamos unos guateques de aquí te espero, pero sin drogas ni borrachera asegurada, si acaso, pelín eufórico y cachondo…aunque, eso sí, sin tener ni pajolera idea de inglés, bailábamos y canturreábamos al ritmo de los Beatles, los Rolling Stones o Police como posesos ingobernables, o ya, en plan ligón de opereta, cargando el peso del cuerpo sobre una pierna y con los ojos aborregados, mientras nos fumábamos un rubio Bisonte sin boquilla y le dábamos un “tiento” a nuestros primeros cubatas de flequillo y pose, con la mirada lanzábamos la caña de pescar al grupito de jovenzuelas, de incipientes pecho y pelo cardado, que en un rincón cuchichiaban y reían en complicidad.

Estoy seguro que también entonces muchos de nuestros ancestros se escandalizaban de ciertas costumbres y horarios de sus vástagos, pero, ¡puñeta!, es que el salto con lo que hoy hay ha sido brutal, tan grande, que no hay color ni comparativa. Y no es cuestión de salto generacional o tópicos por el estilo, es cuestión de estadísticas. Y las estadísticas asustan, alucinan y rayan el sentido común, que a la vista de los datos, es el menos común de los sentidos. Leo ojiplático los datos recogidos en la Encuesta Escolar sobre Uso de Drogas y alcohol en Estudiantes de Enseñanzas Secundarias (ESTUDES) y me quedo, pues eso, perplejo. Casi el 84% de los chicos españoles de entre 14 a 18 años se han emborrachado alguna vez, y el 74% de ellos lo ha hecho en el último año.

Según Artículo 30.2 de la Ley 5/2002, de 27 de junio, sobre Drogodependencias y otros Trastornos Adictivos, está prohibida la venta de bebidas alcohólicas a menores de 18 años, y como es obvio, su consumo por los mismos, sin embargo el número de adolescentes entre 14 y 18 años que consumen alcohol los fines de semana siguen escandalosamente en aumento. Y los puntos donde se abastecen de la metralla alcohólica los jóvenes, todo el mundo lo sabe sin escandalizarse. El 61,8% de las ventas de alcohol a menores procede de los supermercados, aunque últimamente las tiendas abiertas las 24h, regidas por ciudadanos extranjeros, principalmente orientales, estén acaparando prácticamente el mercado juvenil del botellón.

Pascual Fernández Espín, escritor murciano nacido en Bullas en 1948, es autor de “Bulerías tal como lo escuché”, “Salto lucero”, “El pastel ajeno”, “Con el Otoño a cuestas” y de “Testimonio de una tragedia”.

En ésta España taifada y dispar, mientras algunas Comunidades Autonómicas optaron por ignorar semejante fenómeno, otras directamente lo prohibieron, y sólo tres de ellas (Andalucía, Murcia y Aragón), elaboraron y aprobaron leyes sobre el botellón. Concretamente, en la provincia de Cádiz, de sus 44 municipios, en 38 de ellos se realiza botellones con todas las bendiciones papales. Y en modo alguno me refiero al Pontífice, me refiero a las bendiciones de las autoridades y de muchos papás, que con sus permisibilidad y posturas de canto están poniendo todos los mimbres para una pronta destrucción masiva, de efecto retardado, de una buena parte de jovenzuelos. Porque, a ver, díganme ustedes ¿cuantos actos culturales conocen capaces de aglutinar a más de 25.000 personas, citados por las redes sociales, como han sido algunos de los macrobotellones de los últimos tiempos, cuyo único objetivo era beber y beber hasta que el alcohol saliese por las toberas? Pues sí señores, increíble, pero cierto. Y el fin de semana que viene más. Cientos, miles y miles de botellones más consumidos al albor de la noche.