Cafres

Cuando éramos pequeños, algunas veces las travesuras infantiles se nos iban de las manos y se convertían en auténticas trastadas, instante en el que nuestras madres babucha de cuadro en ristre nos solían calificar como cafres.

Nunca supe el alcance de tal denominación hasta que un día, tras esquivar un zapatillazo, labor altamente complicada, porque si éste hubiera sido deporte olímpico, mi madre habría sido galardonada con infinidad de medallas de oro; decidí indagar y averiguarlo, no por internet, sino tirando de enciclopedia polvorienta dormida en un estante del mismo mueble bar, que lleno de figuritas de chinos de cara desagradable y de ponis horteras de cabriolas imposibles en  cerámica, cobijaba el inmenso tubo de imagen del vetusto televisor.

Resulta que un cafre era un habitante de la Cafrería o País de los cafres, zona que agrupaba a una serie de tribus bantúes, en el África cercano al ecuador, denominada así por los geógrafos de los siglos XVII y XVIII. Me sorprendió que el término se usara para calificar a personas zafias, alejadas de la cultura, pero sobre todo ajenas a toda civilización.

Cerré indignado la tapa de cartoné de aquel pesado tomo. ¡Vaya  tela el concepto que tenía mi madre sobre mí! Pero por fin me tranquilicé el día que atinó con la zapatilla, ya que comprobé que cuando acertaba usaba calificativos menos ofensivos. No estaba segura si su hijo era un cafre o no. Por cierto, para tranquilidad de los políticamente correctos y progres educadores, ningún babuchazo me convirtió ni en psicópata ni en asesino en serie.

Desgraciadamente con los años pude comprobar como el nivel de cafrería se extiende cual plaga bíblica por nuestra civilización. Hace unos días leí en la prensa como un individuo torturó a su hijo, a su propio hijo, para grabarlo en vídeo y amenazar con las imágenes a la madre del chiquillo.

Al momento me vino a la mente José Bretón, el asesino que mató a sus dos pequeños con una frialdad pasmosa solo para hacer daño a la madre de las criaturas. Cruel bestia que fue condenado a cuarenta años de cárcel, que se beneficiará de vivir en un estado en el  que en tan solo dos años en prisión ya ha visto como se le reduce la pena a veinticinco. Es decir que cuando menos lo esperemos este ser inhumano volverá a campar a sus anchas por nuestras calles.

¿Dónde va nuestra civilización? ¿Hacia dónde camina el ser humano? Hemos alcanzado tales niveles de deshumanización que estamos perdiendo el raciocinio que nos diferenciaba de los animales. Nos estamos convirtiendo en seres más salvajes que las propias  alimañas. Ningún otro ser vivo será capaz de dañar a su descendencia como lo hace el hombre.

Me vino a la memoria una de las películas que marcó mi infancia. Antes de que al astronauta Taylor, Charlton Heston, se diera de bruces con los restos de la Estatua de la Libertad en la soberbia  El planeta de los simios de Franklin Schaffner; el doctor Zaius, Maurice Evans, le advirtió a través de una de las leyendas que el legislador de los simios había escrito como recuerdo de anteriores y extintas civilizaciones humanas: “Tengan cuidado de la bestia humana pues es el instrumento del diablo. Mata por diversión, por codicia o por avaricia. Asesinará a su hermano para poseer la tierra de su hermano.”

¿Será que nos estaremos encaminando a un final similar al Nueva York que se encuentra Heston en la orilla de una playa abandonada? Pero sobre todo, pensé en los pobres bantúes, en lo pobres cafres de la Cafrería. No son merecedores de que usemos su gentilicio para compararlos con los seres humanos del siglo XXI, tan  sobrados éstos ante todo, autosuficientes ante nada. Pobres cafres… si eran auténticos angelitos.

José Blas Moreno
José Blas Moreno