ESTE es un pueblo donde, si estás desayunando en una venta, puede aparecer el tío que reparte el pan bimbo y montarte una fiesta por bulerías encima de la tostada. Donde, después de una noche bailando música disco, tecno, acid-house o lo que sea, las niñas vuelven a casa haciendo compás y cantando por la calle Ancha. En este pueblo, cuando vas a la pescadería, los salmonetes, las acedías y el cazón entran en la cesta echándose un bailecito con el aire de unos tangos que les cantan los Zarzana, Méndez, Fernández y demás glorias de nuestro Mercado de Abastos.

Por eso no podía uno menos que sentir vergüenza ajena ante ese cuadro flamenco de asilo que cantaba “El pobre Migué”, mientras recordaba uno a “La Piriñaca”, a “Tía Juana la del Pipa”, a María Soleá o a “Tío Borrico”. Por eso sentía que tenía un gato en la ba-rriga cuando escuchaba a ese “malafollá” que inventó el flamenco “intelertuá” conchabado con los “LagartijaNick” y la Cátedra de Filología de la Universidad de Granada. ¿Y qué me dicen de ese figurín, combinación de “KarateKid” y “Jerónimo”, que anda cepillándose modelos por ese mundo de Dios?

Hace algunos años en Utrera, me sentaron junto a Bernarda que no hacía más que decirme “sobrino, ponme ‘güisqui’, pero sin hielo que tengo la garganta ‘cojía’”. Cuando ya estaba la fiesta más que mediada me comentó: “Sobrino, parece mentira que siendo de Jerez no toques las palmas ni te eches un bailecito”. “Precisamente Bernarda , porque soy de Jerez”. En asuntos de flamenco los jerezanos debemos ser más estrictos que nadie. A mí, que soy gachó mal que me pese, pero tengo cierta experiencia en juergas y flamenquerías varias, siempre que me preguntan los profanos. Les doy el mismo consejo: “Coge con una mano un ‘güisqui’ y con la otra un pitillo, así no tienes manera de tocar las palmas.