Artículo de Carmen Andrade, Psicóloga y Life Coach profesional en “evoluti-on“

El hombre actual lleva un yo femenino oculto, este lado encarna todas las cualidades que la sociedad le ha enseñado a no reconocer en sí mismo. El hombre actual se enfrenta a encontrar en ese yo femenino a su amante, su cuidadora, su musa, todo lo que él no es. Cuando un hombre se vuelve completo y sano, toma conciencia de sus propias cualidades “femeninas”. Se trata de encontrar en su interior no solo al Dios, sino también a la Diosa.

La imagen de masculinidad en nuestra cultura está estereotipada en el hombre “macho”. Y sí, aunque el hombre participa de lo femenino en su interior, esencialmente su imagen masculina, no debe ser una negación de la masculinidad a favor de la feminidad.

Dentro de la masculinidad encontramos cualidades como la suavidad y la ternura, el consuelo y a la vez al guerrero, al cazador que el estereotipo limitado social impone.

Este hombre-todo, este hombre orgulloso de su masculinidad que encuentra en su interior la feminidad perseguida fuera, es de una sexualidad indomada, pero la sexualidad es un poder profundo, sagrado y que une. El hombre-completo es el poder de sentir, la imagen de lo que los hombres podrían ser si se liberaran de las limitaciones de la cultura patriarcal.

Existen cualidades masculinas poderosas y positivas que deriva de fuentes mucho más profundas que los estereotipos, la violencia y la discapacidad emocional de los hombres de nuestra sociedad.

Estas cualidades del hombre-completo lo harían libre para ser salvaje sin ser cruel, para enfadarse sin ser violento, para ser sexual sin ser coercitivo, espiritual sin ser asexuado,  y para ser verdaderamente capaz de amar.

En nuestra cultura se enseña a los hombres que la masculinidad exige una falta de sentimiento. Ellos están condicionados a funcionar de una manera militarizada, a desconectarse de sus emociones e ignorar los mensajes de sus cuerpos, a negar las molestias físicas, el dolor y el miedo para poder luchar y conquistar con mayor eficacia. Esto se aplica tanto si la conquista es en el campo de batalla, en el dormitorio o en la oficina.

Es una forma simplista de análisis decir que los hombres han sido formados para ser agresivos y dominantes y que las mujeres han sido enseñadas a ser pasivas y sumisas, que a ellos se les permite enfadarse y a ellas no. La realidad, es que en la cultura patriarcal que nos gobierna, tanto las mujeres como los hombres aprenden a funcionar dentro de una jerarquía en la cual los que están arriba dominan a los de abajo. Un aspecto de este dominio es el privilegio de expresar la ira. El general echa la bronca al sargento, el soldado raso no puede hacerlo. El jefe puede tener un estallido de cólera, pero su subordinado no. La esposa del jefe le grita a su criada, pero no a la inversa.

Puesto que, generalmente, las mujeres han estado en la parte inferior de las jerarquías, desde el mundo laboral hasta la familia tradicional, han soportando una gran cantidad de ira masculina y han sido las principales víctimas de la violencia.

La ira puede verse como una respuesta a un ataque, pero la realidad es que muy pocos hombres están en una posición que les permita enfrentarse directamente a sus atacantes. La ira del hombre, entonces, se tuerce y se pervierte. Normalmente les resulta amenazador reconocer la verdadera fuente de su ira, porque entonces se verían obligados a reconocer su impotencia, su incapacidad y la humillación de su posición. En lugar de eso, es posible que vuelva su ira contra los blancos que no representan una amenaza, las mujeres, los niños, o los hombres que tienen aún menos poder que él. Pero aquí nos encontramos con otros problemas y enfermedades sociales como la anterior, y es que esta ira puede convertirse en autodestrucción, a través de la enfermedad, la depresión, el alcoholismo o cualquiera de las adicciones a las que se puede acceder fácilmente para distraer la verdadera causa de tan tremendas consecuencias.

Patriarcado significa literalmente, gobierno de los padres, pero en un patriarcado se permite a muy pocos hombres representar el papel de padre fuera del limitado ámbito familiar. La estructura de las instituciones es piramidal. Un hombre que se encuentra en la parte superior controla a muchos, que están abajo. Los  hombres compiten por el dinero y el poder sobre los demás, la mayoría, no llega a la parte superior de la cadena de mando, se ve forzada a seguir siendo inmadura, a representar el papel de hijos obedientes o rebeldes. Los hijos buenos buscan eternamente complacer al padre mediante la obediencia, los hijos malos buscan derrocarlo y ocupar su lugar. De una u otra manera, están desconectados de sus propios deseos y sus verdaderos sentimientos.

De esta manera, el sistema político social actúa al igual que muchas religiones, que reflejan un cosmos en el cual el Dios-Padre exhorta a sus “hijos” a obedecer las reglas y a hacer lo que se les dice, vaya o no en contra de sus propios intereses, deseos o inquietudes. De esta manera podríamos decir que existe una batalla incesante entre padres e hijos por competir por la posesión exclusiva del poder, y en el sistema político social que hemos dibujado y en el que vivimos, la lucha competitiva de muchos hombres es la competición por la posesión exclusiva de la mujer, ya que todas las mujeres bajo el patriarcado, se convierten en el objeto-premio fundamental por el éxito. Esta política intenta reconducir de esta manera a cualquier hijo rebelde a través de la alineación, para evitar que derroquen al padre para instaurar su propia jerarquía. De esta manera, la batalla es continua, la competición degradante para todos, y el sistema, opresivo en cualquiera de sus formas. No es de extrañar por lo tanto, que la enfermedad esté arraigando de la manera en la que lo hace en nuestra familia humana.

La masculinidad del hombre-completo lo convierte en un auténtico dios que posee ante todo el poder de sentir, así como la verdad de la emoción disfrazada que no intenta agradar a los maestros. Él no está domesticado, pero los sentimientos indomados son muy distintos de la violencia actuada, se trata de una fuerza vital, necesaria para el ciclo de la vida, dónde hombre y mujer se unen como un todo en una constante órbita de renacimientos hacia el servicio de la vida.

Pero el hombre completo es también un hombre del amor. Este amor incluye la sexualidad, que también es salvaje e indómita, así como amable y tierna. Su sexualidad es sentida plenamente, en un contexto en el cual el deseo sexual es sagrado, no sólo porque es el medio por el cual la vida es procreada, sino también porque es el medio por el cual nuestras propias vidas se realizan de una forma más profunda y extática.

El sexo es una virtud humana, un aspecto intrínseco a la propia esencia que somos, una forma de sacramento a través de una profunda conexión y un reconocimiento de la totalidad de la otra persona. En su esencia, el sexo no está limitado al acto físico, se trata en realidad de un intercambio de energía, de nutrición sutil, entre las personas. A través de la conexión con otra persona, conectamos con todo.

El cuerpo masculino, al igual que el femenino, tendría que ser considerado sagrado, y no debería ser violado. Es una violación del cuerpo del hombre utilizarlo como un arma, del mismo modo que es una violación del cuerpo de la mujer usarlo como un objeto o como un campo de pruebas para la virilidad masculina.

Fingir el deseo cuando está ausente viola la verdad del cuerpo, al igual que lo hace la represión del deseo, el cual puede sentirse plenamente incluso cuando no puede ser satisfecho. Pero sentir deseo y hambre sexual es admitir una necesidad, lo cual resulta amenazador para muchos hombres en nuestra sociedad.

Bajo el patriarcado en el que vivimos, aunque se anima a los hombres a esperar una gran ternura por parte de las mujeres, se les enseña a no admitir su necesidad de cariño, su necesidad de ser pasivos en ocasiones, a ser débiles, a apoyarse en otra persona.

En la educación de nuestros hijos, nuestros futuros hombres, tendría que animarlos a que dejen de buscar una ilimitada actitud maternal de las mujeres reales, vivas, sino que antes, lleven a cabo un proceso interior por el medio del cual sentirse completos, aceptando su masculinidad pero también ese lado femenino interior que le aportará de manera infinita y constante un amor maternal que no tiene límites, y a la vez con su musa interior, que será una fuente de inspiración constante a lo largo de su vida.

Existen por lo tanto varias formas de unión, el deseo físico de unión, el deseo emocional de conexión, y un tercero en el que ambos son transmutados, que es el deseo intelectual de conocimiento. El conocimiento puede ser analítico y sintético, puede separar las cosas y ver las diferencias, o formar una pauta a partir de las partes integradas y ver un todo.

Pero las mujeres educadas en nuestra cultura patriarcal, se enfrentan diariamente con símbolos de todas las cualidades identificadas como masculinas y que a nosotras no se nos ha animado a poseer.

Hombres y mujeres sanaremos nuestra esencia en tanto en cuanto unifiquemos dentro de nosotros mismos los contrarios, nuestros correspondientes lados femeninos y masculinos. Los dos aspectos son complementarios, no contradictorios. Ambos son un todo, ambos son parte del ciclo vital, ambos necesarios para el equilibrio de la vida.

Pero educar a nuestros hombres en una igualdad horizontal que los complete en su máxima esencia, exige renunciar a las formas de poder tradicionales y a los conceptos tradicionales religiosos y político-sociales. Y esto no siempre es sencillo. Los hombres no deben estar subordinados ni relegados a una categoría de segunda clase en una humanidad sana, como sucede actualmente bajo el patriarcado con las mujeres. Pero tampoco deben ser elevados automáticamente a un status superior al de las mujeres, como también sucede ahora tanto social como a través de algunas religiones.

Los hombres deben actuar con mujeres fuertes y poderosas que no pretenden ser nada menos de lo que son, al igual que ellos. Y por desgracia, a causa de los sistemas de creencias programados desde la infancia en esta familia humana, este panorama a muchos hombres les parecería desconcertante.

Hay muchas cosas que sanar en nuestra sociedad. Y muchas más si hablamos de la mujer y sus cadenas.

Una humanidad sana también implica una nueva relación con el cuerpo femenino. Ya no puede ni debe seguir viéndose como un objeto, ni vilipendiado como algo sucio. El cuerpo de una mujer, sus olores, secreciones y su sangre menstrual son sagrados, imprescindibles para la propia existencia, sagrados en el ciclo de la vida, la esencia de nuestra propia divinidad, y por tanto deben ser dignos de respeto y ser celebrados.

Los cuerpos de las mujeres les pertenecen solo a ellas, ninguna autoridad espiritual o político social debe respaldar el intento de un hombre o grupo de poseerlas o controlarlas.

De esta manera el cuerpo no debe ser celebrado en soledad. Hombre y mujeres deben reconciliarse con el poder de la mujer, de una mujer completa, cuya mente, emociones y espíritu, están completamente despiertos. Así mismo el hombre debe conocer y aceptar el poder de su propio yo femenino, interior, para generar una fuente interior de cuidados e inspiración, en lugar de exigirlo exclusivamente del exterior.

Para ello es necesario perder cualquier modelo de autoridad basado en el hombre o en la mujer. Cada uno de nosotros, hombres y mujeres, debe ser llamado a ser nuestra propia autoridad. Y aunque sea la esencia de la familia humana y su única salida de la cadena de la autodestrucción, para muchos de nosotros, ser nuestra propia autoridad puede llegar a ser una posición incómoda. No nos han educado para ser libres. En este caso, la jerarquía se disuelve, la cadena de mando se rompe.

Y todo este nuevo sistema ofrece no solo a las mujeres, sino también a los hombres una nueva y vibrante posibilidad, la de la totalidad, la de ser completos sin perder su esencia, la conexión y la libertad natural.

Los hombres valientes encuentran estimulantes las relaciones con mujeres fuertes y poderosas. Dan la bienvenida a la oportunidad de conocer lo femenino interior, y de crecer más allá de las limitaciones impuestas culturalmente, y se vuelven enteros y por ende, poderosos.

Los intentos de vivir el modelo patriarcal aíslan a los hombres en situaciones de vida emocionalmente congeladas.  De esta manera se libera cualquier conflicto generado por el propio organigrama jerárquico del patriarcado del cual también son víctimas.

Hombres y mujeres pueden descubrir un modelo de poder femenino y masculino que no es jerárquico, donde no se es ni esclavo ni amo.

Pero todo este trabajo con nosotros mismos, ya es en sí una liberación, aunque el cambio se produzca únicamente en nuestro ser, tarde o temprano una gran familia humana como la nuestra, no tendrá más remedio que admitirlo como la única forma de supervivencia posible.

Y si estamos dispuestos a liberarnos solo nosotros de todas estas cadenas impuestas, aunque nos sea actualmente imposible de escapar de la autoridad externa en nuestras propias vidas, podemos verla únicamente como lo que es: un conjunto de reglas arbitrarias para un juego complejo. En ese momento solo tenemos que tomar una decisión, jugar o retirarnos, pero tanto nuestras propias identidades como nuestra autoestima ya no dependen de nuestra posición en la pirámide del poder. Estarán intactas, y nos acompañarán siempre, en cualquier contexto, en cualquier destino.

De esta forma la división entre mente y cuerpo, carne y espíritu es sanada. Los hombres son libres para ser lo que deseen sin ser asexuados, porque ambos lados, el masculino y el femenino personifican la fuerza profundamente conmovedora de la sexualidad sentida con pasión. Pueden conectar con sus propios sentimientos verdaderos sin censuras ni juicios, con sus necesidades, sus debilidades y sus fortalezas.

Ser tu propia autoridad, seas hombre o mujer resulta incómodo, pero es la única condición bajo la cual se puede desarrollar un verdadero poder personal. Hombres y mujeres no deben contentarse con ser perros domesticados o cabezas de turco, no deben dejar las decisiones de vida y muerte en manos de un líder, sea papa o presidente, sea cual fuere, ni puede ni debe. La autoridad personal exige integridad y responsabilidad, pero sin ella no podemos ser libres.

De esta manera hombres y mujeres pueden experimentar en su comunidad el apoyo del grupo y el afecto de otros hombres y mujeres. Pueden interactuar en situaciones que no son competitivas o antagónicas y pueden hacerse amigos de otros, sean hombres o mujeres, sin que ninguna autoridad moral dogmática los condene.

Esta nueva forma de vivir, de pensar y de sentirnos poderosos, esta transformación interna que nos erige como nuestra única autoridad en el camino, nos ofrece a la vez, seamos hombres o mujeres, la oportunidad de jugar, de hacer tonterías, de dejar salir al niño que llevamos dentro. Ya no es necesario guardar las apariencias, no hay ninguna dignidad masculina que deba permanecer intacta, no corre riesgo mi propia masculinidad ni mi feminidad, sea lo que sea. Porque de la tontería y el juego nace la creatividad. Y la creatividad es la nueva evolución del ser humano, su inteligencia creativa es hoy por hoy, en el contexto en el vivimos la única forma de evolucionar para la supervivencia. Ya no somos depredadores, no podemos actuar como tales, y aún así, no olvidemos que todo depredador está condenado a extinguirse. Es una decisión que esculpirá gota a gota todas y cada una de las olas del mar de la vida. Nuestro cambio interior se reflejará fuera, de manera externa, queramos o no, es un tsunami imposible de parar. Es el auténtico cambio. Es la nueva familia humana que nos espera.