Tribuna libre de Manuel Pareja Aparicio, abogado en Pareja & Flores

Se han cumplido estos días dos efemérides con mucha significación política e histórica. Setenta años del desembarco de Normandía, y veinticinco años de las revueltas de la Plaza de Tiananmen, y del anónimo que se plantó delante de los tanques para evitar que avanzaran sobre la plaza. Dos formas de entender y concebir el mundo, dos formas de enfrentarse a la peor maldad humana, a la intolerancia.

En la primera, hace 70 años, se hubo de recurrir al mayor despliegue de fuerzas jamás visto en la historia de la humanidad, para derrotar al terror nazi. En la segunda, un hombre solo, armado sólo con dos bolsas de plástico, se enfrenta al totalitarismo comunista, intuyo más por hartazgo y hastío, que con intención de lanzar ningún mensaje de desesperación al mundo libre.

Ni la libertad es gratis, ni se disfruta en todos los sitios con el mismo nivel de adhesión. La democracia liberal es un invento genuinamente occidental; se basa en principios irrenunciables de reconocimiento de la dignidad del ser humano como valor absoluto. Y esto lo olvidamos, para regocijo del totalitarismo, con demasiada frecuencia. El mayor enemigo de Occidente hoy, no es el terrorismo, el islamismo radical, ideologías totalitarias u otras formulaciones filosóficas similares sobre el hombre y el mundo. La debilidad de Occidente se encuentra en el propio Occidente, en su debilidad mental, en la dejación de lo que nos ha hecho mejor y más originales.

El progresismo latente, el relativismo cultural y nuestra declarada capacidad de provocar nuestra destrucción, es la que nos deja hoy más vulnerables, más expuestos al virus que nos amenaza, que se propaga como una pandemia. La idiocia occidental está hoy en un hipócrita igualitarismo, en la concreción de los llamados “nuevos derechos”, que no son más que viejas ataduras, antiguos atavismos de los enemigos de la libertad, de los amantes de la ideología de clase, hoy de género; de un materialismo burdo que deja al ser humano desnudo ante su propia realidad, sin asideros o referencia morales. Por eso hoy el hombre es más soberbio, más egocéntrico, más autosuficiente, más refinado para el mal.

Los americanos vinieron a morir a Normandía en defensa de las libertades, de la dignidad humana; miles de ellos, hoy anónimos,  dejaron su sangre en la playa; el anónimo de Tiananmen, del que no se sabe su nombre, y que seguro en nombre de la Revolución fue eliminado, es una imagen que debería golpearnos cada día, y despertarnos de la confortable libertad que se respira en este lado del mundo. Maldito comunismo, y maldito fascismo.

Hoy, ambos totalitarismos aun conviven con nosotros; la primera en mucho mayor grado que la segunda, y nos ganan terreno, poco a poco. No nos durmamos. Esta vez no habría una segunda Normandía.