‘La Felicidad’

Se acabaron las fiestas. Si me lo permiten gracias a Dios. Todo vuelve a la cruda realidad. Los niños retoman el cole, los profesores vuelven a aguantarlos en clase, los gimnasios y los nutricionistas harán su agosto y los afortunados que han gozado de algunos días de relax, volverán a la rutina. Hábitos diarios y comunes que en muchas ocasiones se agradecerán.

Se acabaron los simulacros, sí, simulacros, porque la mayoría de las veces el “falserío” campa a sus anchas por estos días festivos. La falsificación de paz, de amor o de felicidad de las jornadas pasadas ha sido desbordada.

Volvemos a hablar mal de aquel al que nos comimos a beso en la zambomba en la que coincidimos. Retomamos los conflictos con el que brindamos efusivamente en la cena de empresa, tanto que parecía que no habría un mañana.

Todo fundamentado porque vivimos en una sociedad que ha olvidado el auténtico epicentro de estas fiestas, que no es otro que la venida al mundo de un Niño que habría de cambiar el destino de la humanidad; hecho que aceptamos como es lógico los que somos creyentes, pero que también deberían asumir del mismo modo los ateos, ya que se crea o no en El, no debería existir ningún atisbo de dudas de que Jesús de Nazaret cambió la faz de la tierra.

El mensaje que transmitió, hace ya casi dos milenios, se ha olvidado en aras de un consumismo desmedido, de un laicismo imparable y sobre todo fruto de los sentimientos hipócritas y fariseos que durante unos días sentimos por los demás mientras el resto del año no nos podemos ni ver.

Todo vuelve  a la normalidad. Las rebajas con sus chollos y sus gangas ponen en el disparadero de salida a los carnavaleros ansiosos de cuplés y pasodobles; a los cofrades deseosos de ver salir la Borriquita; a los feriantes locos por inhalar albero; a los rocieros soñadores de volver a pisar las arenas del Coto; a los veraneantes inquietos por un espeto de sardinas en un chiringuito; a los que esperan con los brazos abiertos un buen puñado de rabanitos que acompañen al nuevo mosto y pasarán los meses y cuando nos volvamos a dar cuenta, estaremos sumergidos de lleno en las aguas del marinerito Ramiré o bebiendo del mismísimo río de Cartuja, que por suerte no es de vino, porque si así lo fuera, el entorno del simpar monasterio estaría más poblado de curdelas que cualquier ciudad china de dragones horteras y de neones chillones.

Todo volverá  a su ser. Volveremos a olvidar a los necesitados. A los que pasan necesidad durante todo el año, no solo en navidades. Volveremos a mirar a otro lado cuando alguien cercano a nosotros, más cerca de lo que nos creemos, pase autentica necesidad.

Por ello, si me lo permiten, de las pasadas fiestas, me quedo con la frase que le oí a un señor mientras éste esperaba en la puerta de Cáritas de San Marcos con la intención de hacerse con la comida más básica para el sustento de un  hogar.

Por cierto lo de Cáritas será difícil de calificar. Faltan calificativos que reflejen la labor que hacen a diario y a la de personas que han dado de comer durante esta crisis económica que según los expertos parece ser que comienza a alejarse.

Retomando la historia del señor que esperaba para poder recoger el sustento familiar. Me dejó perplejo la frase que le oí mientras pasaba por el estrecho callejón que cobija a la benéfica organización. Dijo literalmente a un contertulio que esperaba el mismo destino que el: ”El dinero no da la felicidad”.

Viniendo de una persona que tiene que acudir a la beneficencia para logra el mínimo sustento, la expresión retoma todo el sentido que los que nos hemos pateado los comercios buscando infinidad de regalos, hemos perdido.

No somos felices porque tenemos que hacer cola para que nos empaqueten el regalo. No somos felices porque el artículo de moda se ha agotado ya que hemos ido el último día a adquirirlo. No somos felices porque no queda la talla que necesitamos. Nos somos felices porque en el centro comercial al que hemos acudido no hay ni una sola plaza de aparcamiento. No somos felices… ¿Nos merecemos esa felicidad que ansiamos basada en el dinero y en el consumismo, mientras que el que no tiene ni siquiera para comer opina que el dinero no nos hace felices?

Me da que no lo merecemos. Somos tan bobos y nos perdemos en tantas cosas absurdas que hasta hemos inventado un día para resumir la tristeza que nos embarga por el fin de las fiestas. Somos tan idiotas que hasta le hemos puesto nombre: Blue Monday.

En ese día se resume la nostalgia por lo que hemos dejado atrás, según los yankees, los hijos de Trump; que son, quienes por cierto, lo han inventado y nos entristecemos porque la cruda realidad nos atrapa.

¿En serio? ¿Tan aburridos estamos que hasta hemos inventado esta patochada? Aburrido y sobre todo penoso, tiene que ser no saber si hoy le vas a poder dar de comer a los tuyos.

Por cierto el próximo lunes 15 de enero será el Blue Monday, el día más triste del año. Por si ese día la congoja les domina y les viene la llorera y las lágrimas no les dejan ver el mundo, sepan que en muchos semáforos de la ciudad, unos chavales a los que nunca les falta la sonrisa en la cara, venden pañuelos.