Es que no tenemos desperdicio

 Por Pascual Fernández Espín 

En el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos puede leerse lo siguiente: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Hasta ahí todo parece correcto, pero a la vista de la experiencia diaria seguramente habría que poner en el alero alguna que otra interrogante. Lo que se traduce, en hacernos alguna que otra pregunta. Por ejemplo: ¿y si la divulgación de esas opiniones, aunque no sean punibles judicialmente, hieren a parte de un colectivo? ¿En qué sutil línea acaban los derechos de unos y comienzan los de los otros? Pues ahí, justo ahí es donde comienza la madre del cordero, ya que hay dogmas o sentimientos, individuales o colectivos, cuya profanación, aunque jurídicamente no sean castigables, en aras al decoro y convivencia social no deberían sobrepasarse, sobre todo si estos se refieren a un concepto tan etéreo y a veces tan racial como son las creencias, políticas o religiosas, donde se empieza por un, quítame de ahí ese pelo y se acaba a garrotazo limpio. Con la finalidad de clarificar lo expuesto, vayamos por partes y comentemos algunos detalles de los últimos acontecimientos.

¿Ustedes creen que pueden cerrarse los ojos, hacer declaraciones o mofarse sobre la existencia de un segmento de la población que por extrañas razones de la bioética, biología, genes, ADN´s, o los pelendengues que sean, han venido a este mundo con un desequilibrio hormonal, o en un cuerpo equivocado?, como bien pudiesen tratarse del colectivo de gais o lesbianas. Sinceramente algunos creemos que no, y menos aún que estos ciudadanos puedan ser estigmatizado por esa condición, desterrados de la sociedad o quemados en hoguera inquisicional. Y creemos que no por la más elemental razón de la condición humana, o divina, (la Biblia, 34ª parte) en la que todos deberíamos ser iguales ante Dios y ante la Justicia. Bueno, por el momento pongamos en duda esto último, séase, lo de la justicia, ya que últimamente empiezan a haber sus dudillas respecto a la igualdad de los españoles. Sobre todo los españoles nacidos en distinta cuna. En reciente encuesta, en la proporción aplastante del 93´7%, los españoles no creen que la justica sea igual para todo el mundo. Aunque en este punto habría que reconocerle méritos al señor Pacheco, ex alcalde de Jerez, y actual, ya sin ex, ciudadano penitenciario, que fue el primero en proclamar a los cuatro vientos que “la Justicia era un cachondeo”

Pero centrémonos de nuevo en algunas de las voces del día, comenzando por las emitidas en torno al mensajito exhibido por la  ONG, Hazte Oír, que siguen erre que erre con lo de: “Los niños tiene pene y las niñas vulva”. ¡Pues claro! Como definición, así es, pero sin obviar su realismo, el trasfondo del mensaje parece servir más para distorsionar la realidad y fomentar la discriminación social que para dar lecciones de anatomía. Dicho lo cual, una cosa sería el respeto y consideración al mundo gay y lésbico, como a cualquier persona de este mundo, respetando con quien se acuestan o levantan cada uno, respetando gesticulaciones o expresiones; respetando, en síntesis, sus derechos civiles o judiciales, y otra aplaudir con las orejas a las “locuelas” de pluma, paquetito y lentejuelas que organizan y desfilan en su estrafalarias fiestas. Por ejemplo: en el Día del Orgullo Gay, donde algunos parecen empeñados en demostrar, no que son distintos, sino que son hasta rarillos. Luego se extrañan del comportamiento dialectico de los “otros”.

Seamos serios, señores/as. O “chicha o pescao”. Claro que inmediatamente, como puestos de acuerdo, a la criticable campaña de “Hazte Oír”, que a pocos gusta y algunos molesta, se ha unido otro quilombo de confuso objetivo. Un objetivo, si cabe, de igual o mayor resonancia social que el primero. Este es, el festival carnavalesco de las Drag Queen de Las Palmas, donde un señor llamado Borja García, que dice que estar preparándose para profesor de religión, (habrase visto morro más largo, mañana mismo apunto a mis nietos a sus clases) no se le ha ocurrido otra forma de llamar la atención que la de disfrazarse de Virgen María y ponerse a bailar a lo Madonna, al ritmo de Like a Prayer. Al parecer, no contento con la profanación realizada, el Drag Queen, Sethla, que así es el nombre de guerra del transgresor de marras, en el transcurso de su actuación, nuevamente cambió de atuendo, esta vez haciendo  referencia a la crucifixión de Cristo.

Sin embargo, con todo este escandaloso argumento por medio, sobre todo para el mundo cristiano, lo curioso es que con su actuación de mofa y escarnio a la creencia religiosa de casi un 70´2 % de la población española, así como al 31% de la población mundial, con unas cifras que llegan a los 2.200 millones de cristianos, la actuación del drag queen que se prepara para profesor de religión, ya digo, le hizo tanta gracia al jurado del certamen que lo proclamó campeón del mismo. Así, con un par. Pero claro, aun así, aunque semejante “espectáculo” al obispo de Las Palmas le llenase las medidas de la indignación, como a tantos y tantos otros creyentes, con sus irreflexivas palabras terminó de arreglarlo, pasándose de frenada varios pueblos al calificar el suceso como mucho más grave que el del accidente de avión Spanair, donde murieron 154 personas. Como no podía ser de otra manera sus desafortunadas declaraciones han venido a levantar otro gran número de ampollas sociales, sobre todo entre los familiares de las víctimas. Increíble, pero cierto. Lo dicho, un mundo de desaciertos.

Es verdad que el carnaval es pura transgresión, divertimiento y fiesta, pero esta circunstancia no puede convertirse en patente de corso donde todo quepa, ni para que las fiestas populares o manifestaciones públicas sean espacios donde pasar factura sin ton ni son al de enfrente, aunque aquí, en España, hace ya tiempo que una falsa “progresía”, o con miedo a ser señalado de retrógrados, en lo que algunos se empeñan en confundir la ofensa de palabra o hecho con la Libertad de Opinión, la gratuidad de la justicia para semejantes provocaciones parece haber dado vuelos a los agitadores de siempre. Y en esas estamos.

No hace mucho tuvimos un buen ejemplo con el llamado “caso Maestre”, donde una política, hasta ese momento invisible popularmente, de la noche a la mañana cogió notoriedad por entrar en una capilla cristiana con las lolas al aire. O en el caso de los titiriteros, enardeciendo a un grupo terrorista entre la chanza y gracetas de algunos y las subvenciones de otros. O el del Padrenuestro ofensivo, vagina incluida, de la graciosilla Dolors Miquel. O el anterior caso del ya desaparecido Javier  Crahe, en su peliculita, “Como Cocinar a un Crucifijo”. Y así un largo etc. cuyo único objetivo, al parecer, es el de servir de catalizador del odio de algunos, la ofensa y hasta la confrontación entre las distintas creencias sociales. Una confrontación que de seguro, por falta de, eso que se fríe y se hace tortilla, semejantes destructores de la concordia no se atreverían a realizar con otras religiones, digamos, menos laxas con el ofensa a sus iconos o divinidades, como bien podría ser la mahometana.

Pascual Fernández Espín, escritor murciano nacido en Bullas en 1948, es autor de “Bulerías tal como lo escuché”, “Salto lucero”, “El pastel ajeno”, “Con el Otoño a cuestas” y de “Testimonio de una tragedia”.

Pero los españoles somos así, o al menos algunos son así, por querer ser más papistas que el papa, o ejercer de progresista de escaparate somos capaces de realizar o permitir las barrabasadas que en otros países tan democráticos como el nuestro sería impensable. Hace ya algunos años que algunos de nuestros dirigentes políticos, ignorantes ellos, creyendo que eran dueños de la esencia misma del saber y de la democracia más depurada, hicieron dejación de funciones para que hoy ocurra lo que está ocurriendo. Y así nos luce el pelo.

Ya lo decía Unamuno, para llegar a destruirnos, los españoles no necesitamos enemigos exteriores, nos bastamos y sobramos con  nosotros mismos.