Ahora que el torero Víctor Barrio ha muerto en la arena

Contra los antitaurinos

Recuerdo las muchas y entretenidas conversaciones que manteníamos un estupendo compañero de trabajo y yo al acabar el horario laboral o en los momentos de descanso. Bastantes veces acabábamos hablando de toros. Él, persona culta, reconocía que no era aficionado aunque había ido una o dos veces en su vida a una plaza. Me preguntaba por los secretos del arte del toreo, para saber apreciarlo, y por las percepciones festivas, para aprender a disfrutar del espectáculo cuando volviera otra vez, pero no dejaba de contrarreplicarme intentando sorprenderme en alguna cosa sin explicación por mi parte. Él, persona culta pero también muy sensible, acabó preguntándome, después haberlo sopesado muchos días, por la justificación que yo podría encontrar al hecho de que al toro, en España, hubiera que matarlo mientras que en Portugal se prescinde de ese detalle. No buscaba una justificación de algo necesario como parte del espectáculo, sino más bien una justificación ética que le permitiera ver como legítimo y justo el matar al toro. Los detalles anteriores a la estocada ya los daba por justificados en razón de un espectáculo festivo con reminiscencias de alardes caballerescos y de ritos religiosos. A su pregunta, decidí contestarle que el toreo con muerte (del toro) es una actividad ética porque el torero es un hombre consciente que acepta libre y voluntariamente la posibilidad de morir en el momento de entrar a matar el toro. No hace falta que las posibilidades de uno y otro estén al cincuenta por ciento; el dominio de una técnica reduce las posibilidades en la parte del torero pero nunca llegan a cero y la existencia de un porcentaje, aunque sea pequeño, mantiene la justificación, dado el inmenso valor de una vida humana. Suponía yo que esa frase podría resultarle fuerte y rotunda. Lo cierto es que él, persona amante de la libertad, se sintió impactado y no me supo contrarreplicar ni en ese momento ni en ningún otro momento después. Reconocía que era un ejercicio de libertad casi al extremo pero que, sin embargo, no chocaba con la libertad de otra persona.

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Mi compañero no era taurino pero tampoco antitaurino. Al contrario, pensaba que si los toros debieran desaparecer tendría que ser por sí mismos, sin que nadie los prohíba. Normalmente no suelo hablar de los antitaurinos, entre otras cosas porque el espacio que el Grupo Mira Comunicación me concede en sus diarios digitales no me da la gana de ofrecérselo como pábulo a los enemigos de la fiesta, ni siquiera aunque sea como pábulo negativo u opositor. Sin embargo, ahora que el torero Víctor Barrio ha muerto en la arena, sí voy a hablar de los antitaurinos, centrándome especialmente en quien es su ideólogo máximo en España.

Pondré aquí, y en esta hora triste pero serena, algunas de las frases que Jesús Mosterín, que presume de filósofo, se permite escribir en su artículo ‘Farsa y mitos de la Tauromaquia’, publicado en el nº 214 (julio-agosto 2010), de la revista literaria ‘Leer’, en cuyo texto, salpicado de errores históricos garrafales, afirma que: 1º) “El primer mito es el de la presunta agresividad del toro. El toro español no sería un bovino de verdad, sino una especie de fiera agresiva, un “toro bravo”. Como rumiante que es, el toro es un especialista en la huida, un herbívoro pacífico que sólo desea escapar de la plaza y volver a pastar y rumiar en paz”. 2º) “Al salir al ruedo, el toro, siguiendo su tendencia natural, se quedaría quieto o se quedaría de cara a la puerta cerrada”, si no fuera, continúa, porque, para evitarlo, antes “se le clava la divisa”. 3º) “El segundo gran mito es que el torero corre un gran riesgo toreando a un animal de tamaño mucho mayor que él. De hecho el riesgo del torero es mínimo. Toda la corrida es un simulacro de combate, no un combate.” 4º) “El torero se acerca para que el toro no lo vea, no para mostrar valor, y el mayor riesgo que corre es el de ser herido por las banderillas.” 5º) “Cuando el torero se arrodilla ante el toro en una pose de teatral coraje en realidad no corre ningún peligro, pues el toro lo interpreta como un gesto de sumisión que le impide atacarlo.”

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Tal esquematización de los pensamientos mosterinianos (mentiras sobre mentiras) la tomo de mi admirado Santi Ortiz. Sin embargo, estas razones las repite una y otra vez, en sucesivos artículos que publica aquí y allá o en debates y tertulias televisivas a las que es aficionado. Se ve que necesita repetir mantras para proporcionar munición argumentativa a sus seguidores, que luego los corean a gritos en las puertas de las plazas, vestidos de negro o bañados en pintura, y los garabatean en fachadas y monumentos. Este ideólogo es el que aportó la argumentación más prestigiosa, es un decir, por parte de los antitaurinos en el debate con el que el parlamento autonómico catalán perpetró la prohibición de los toros en Cataluña, decisión tomada por los independentistas como avance en su estrategia rupturista. Ahora el señor se declara frustrado por los políticos catalanes que, luego, autorizaron y regularon los correbous; pensaba que los parlamentarios se movían por amor a los animales.

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En artículo más reciente añadía un sorprendente argumento. Decía que el toreo no tiene riesgo porque ha pasado mucho tiempo desde que murió El Yiyo, último torero muerto mientras han muerto millones de toros (digo yo que ya serán menos). Fijémonos en que él habla como si la vida de una persona y la de un animal valieran igual. No se fija en la multitud de heridas y sufrimientos que se producen aunque no haya muertes. Eso para él no es importante; ¿pensará que el torero torea para morir? Nadie torea para morir, pero a veces, también a muchos, se nos olvida que esto es de verdad y que cada tarde la vida se enfrenta con la muerte. Ya tenemos un nuevo torero muerto y ahora ¿seguimos diciendo que no hay peligro para el torero? No me extraña que Santi defina a este personaje como embaucador.

No voy a hacer referencia a los ataques verbales y manifestaciones de alegría por haber muerto una persona que pueda haber habido; los que así se expresan, más que animalistas, directamente son animales. Si, por contra, alguien piensa que esta es buena oportunidad para pedir que se abandone el toreo, habrá que recordarle que murió Manolete y su sobrino y ahijado se hizo torero. Murió Paquirri y se hicieron toreros su hermano, sus dos hijos y su sobrino. Murió El Yiyo y un hermano continuó siendo banderillero. Murió Soto Vargas y un sobrino se hizo torero. Murió Montoliú y un hijo se hizo picador y otro, banderillero. Con ese ejemplo vital, no hay nadie, desde fuera, autorizado a sacar conclusiones del hecho de que un toro haya matado a un torero. La familia taurina sabe reaccionar y continuar adelante. Ha muerto Víctor Barrio ¿y qué?; pues esto: en el funeral, su madre, rota de dolor, ha dicho a los compañeros que se sientan orgullos siempre de ser toreros y que se hagan respetar en todo lugar.

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Mosterín, por un lado, es un pensador de aire entre anarcoide y neomarxista. Por ejemplo, piensa que los estados deben desaparecer para que queden pequeñas comunidades, algo así como barrios, como únicos sujetos de la soberanía; también cree que la libertad se debe permitir mientras no llegue a ciertos extremos, extremos que naturalmente son los que definen él y gente como él, en puro totalitarismo. También fue uno de los principales impulsores del Proyecto Gran Simio, que pretendía conceder a los grandes primates los mismos derechos que a las personas. No extraña que personaje tan singular se desenvuelva con una sarta de mentiras de modo pasmoso. Éste es el guía y el faro que alumbra el quehacer de los antitaurinos en España. Por otro lado, es el correlato o alter ego del australiano Peter Singer (que a nadie se le ocurra llamarlo Perico Cantamañanas), gurú y ayatolá de todos los animalistas que por el mundo andan. Sí, me refiero al personaje que dice una y otra vez que un niño de dos años tiene menos derechos que un chimpancé de diez. No llegó a tanto el nazismo. Si esta gente llegara al poder, se podría dar el caso de que un niño de dos años fuera obligado a donar su corazón para un trasplante que necesitara un chimpancé de diez años. Los seguidores más avezados de este Singer llegan a decir, con total impunidad, que el objetivo del animalismo es lograr el suicidio colectivo de toda la humanidad como especie, lo que oyen. Que empiecen suicidándose ellos; cuando no quede ningún animalista los demás nos organizaremos a nuestra forma.

En resumen, los antitaurinos ignoran que el torero tiene siempre una posibilidad, mayor o menor, de morir en la plaza, necesaria tanto para valorar la grandeza del toreo como para valorar la vida cuando se supera el peligro de muerte, que es lo que desea todo aficionado. Los animalistas (género al que pertenece la especie antitaurina) buscan la vida de los animales y la muerte de la especie humana. Frente a ello, los aficionados celebramos y proclamamos que la fiesta de los toros es un canto a la vida.