Vigilia roteña

Muelle Rota 3

Hace muchos años yo cebaba mi insomnio, que conservo, acudiendo de madrugada al muelle de Rota ahora puerto deportivo, para ver los pesqueros partir. Era una ceremonia de cuando el antiguo, modesto, hermoso y desprotegido muelle de piedra. De cuando Juan el barquero, que acompañaba a los atraques con su mirada estrábica. De aquellos días de temporal, cuando los barcos se refugiaban en el muelle americano y las mujeres, mi madre, rezaban en la capilla de San Roque, mientras los hombres se la jugaban por pesqueros y deportivos que valían todo y nada. En el espigón de ese muelle, pescando con masa de pan caliente, recién comprada, perdí un amanecer una caña de marfil preciosa (perdí la caña, no el amanecer). Se me fue de las manos, todavía no sé cómo, hace ya 25 años. Se me fue de las manos, como todo, no sabiendo cómo.

Allí he visto a las mujeres tejer redes, a los marineros limpiar de escaramujos y algas secas los cascos del ‘Cristina’ o del ‘Villa de Rota’, y como no, al caer la tarde, sacar brecas, borriquetes, congrios, urtas, pargos… o nada, de los barcos de Meron,‘El Choco’,Roque,etc… No sé por qué, en el mar casi todo tiene sentido, como el fuego. Todo se confunde: un carguero, gaviotas, Cádiz, un velero, la espuma. Azules desvaídos, blancos sucios y grises imposibles; desde los veladores sucios del bar Ibi el mundo, la bahía, parece, al fin, una jugada de billar perfecta. Va ya para veinte años que no disfruto de mi mar de invierno; que no escucho desde la cama la marea, como un rumor de cañones de alguna guerra ignota, tranquilizándome; un ruido que no es ruido serena la casa, celebrando los libros que regresan a mis manos. La marea: repetida y exacta respiración de la dormida playa.

Rota 2