Al pan, pan; y al vino… fresquito

Ami modesto entender, la más corrosiva rémora de la libertad y la democracia, aparte del funcionamiento general de la política y de las tinieblas endémicas de los partidos, es el término “políticamente correcto”.

Ser “políticamente correcto” es casi tanto como practicar la mentira, o más exactamente, es la artimaña de camuflar amablemente la espinosa verdad hasta la más absoluta malversación.

La sustracción de las certezas a la opinión general, desde la prensa, desde las instituciones o desde la calle, nos ha acostumbrado a vivir es una atmósfera de hipocresía permanente, de engaño compulsivo y resignado, que debiera ser revisado y corregido so riesgo de la prostitución irremediable del sistema; si aún estamos a tiempo.

Y es tan nocivo como ser “políticamente incorrecto”, entendido esto como la muy extendida obstinación de enjuiciar una acción reprochable o ilegal según las siglas de la autoría.

Un ejemplo, no se puede santificar a Pedro Sánchez por tachar a Rajoy de mentiroso y olvidar que prometió pública y repetidamente que jamás pactaría con Podemos.

Nadie, creo que salvo Arturo Pérez Reverte y otros pocos, es capaz de airear lo evidente desde las afueras del caparazón para no arriesgar su plato de lentejas.

Cosa distinta y en vías de extinción es ser “correctamente político”, es decir, actuar según los más universales principios de honestidad y manifestarlo desde el respeto y la tolerancia.

Siempre procuré ser “correctamente político” y no “políticamente correcto”, por mucho que le pese a algún totalitario disfrazado de padre y dueño de la libertad, que los hay como amapolas.

Según esto, por ejemplo, me cuesta entender que los ex alcaldes Pedro Pacheco o Pilar Sánchez, sin ser santos de mi devoción, vayan a la cárcel por contrataciones irregulares cuando se estima que en España hay dos millones de políticamente enchufados. No habría cárceles.

Tampoco nadie es capaz de reconocer las verdades de Cataluña, la oscura razón por la cual hace dos años la independencia era respaldada por apenas un treinta por ciento y ahora está en casi empate técnico. Nadie ha hecho un repaso histórico verídico de la exigua realidad histórica de Cataluña. Tampoco nadie recuerda ya, o algunos se esfuerzan en silenciar, las palabras del honorable Tarradellas cuando expresó que el nacionalismo catalán se estaba convirtiendo en una gran “mafia blanca”. Y nadie menciona que UCD, PSOE o PP ampararon trasferencias disparatadas y desmedidas para el amaestramiento del independentismo a cambio de los confortables sillones del poder. O nadie es capaz de relacionar el estado de los personajes más relevantes de la vida pública catalana, en su mayoría en la cárcel y los otros en el pórtico con San Pedro. Y todos se emborrachan al reconocer la evidente “singularidad catalana” y olvidan que otras regiones rebasan a Cataluña en “singularidad”. Sin lugar a dudas la más notable singularidad de Cataluña es llevar veinte años desacatando las decisiones judiciales.

Y tampoco soy capaz de entender esa fórmula política por la cual la soberanía popular se ha transformado en un apaño de despachos cuyo lema es “vote usted a quien quiera que yo luego haré lo que me salga de los siameses”. Terminarán ustedes por descorazonar a la ciudadanía que, a este paso, más pronto que tarde acabará comprendiendo que sus votos no valen para nada.

Pues bien, he querido expresar aquí un breve muestrario de mi enfermiza propensión a ser “correctamente político” y también mi más aséptico propósito de doblegar la miopía inducida reinante.

A pan, pan; y al vino… fresquito.