Álvaro Domecq Romero: “En Jerez no nos creemos la maravilla de vinos que tenemos”

Una nueva sesión del ciclo ‘Diálogos en Bodegas Álvaro Domecq’ de la programación cultural CULTUSEM

Elegante en la serena y sosegada dialéctica del hombre de honor. Sonríe desde la arbitral neutralidad del contento interior. Su pronta reflexión y su aparejada remembranza siempre renacen nimbadas de fértiles gratitudes. No entiende de camamas, de superficialidades, de retruécanos, de sutilezas ni de ambigüedades. Otorga, prima facie, una suerte de nihil obstat a la honda satisfacción –a la ancha y espontánea satisfacción-  lindante a la propia autobiografía. Se sabe afortunado a fuer de trabajador e innovador y asimismo conservador de purismos e inmarchitables esencias. Nunca, en efecto, el rastro ha de morir al pie del árbol. Nunca la sombra bajo el volteo de la amnesia generacional. Álvaro Domecq Romero se muestra risueño y concercano. Defiende a sangre y fuego los valores genuinos –aunque quizá no a ultranza promovidos de un tampoco demasiado lejano tiempo a esta parte- de los vinos jerezanos.

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Ama hasta el tuétano todo cuanto derive y confluya en el rítmico mundo del caballo: ese animal –fino, obediente, cómplice- tocado in aeterno por la gracia cuasi espiritual de los cielos. Id est: un musculado y dócil compañero sobrenatural siempre leal de claro a claro, de sol a sol, de la noche de los tiempos a los confines del universo. Don Álvaro cree a pies juntillas en la forza o fuerza del destino –ananke- y en la inquebrantable perdurabilidad de los afectos recíprocos y la amistad derivable del correr de los años…

El gran Rilke dejó dicho que la patria del hombre es la infancia. Que en la infancia se fragua buena parte de la raigambre moral y emocional de quien luego ‐andando los años‐ seremos. Antonio Machado, por su parte, escribió que su infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. ¿Qué recuerdos guarda don Álvaro Domecq de su infancia: cómo transcurrió, en qué parámetros se movió, cómo fue de niño? 

En aquella época mi padre rejoneaba, tenía caballos, y yo siempre montaba un caballo de palo, de juguete. Yo imitaba a mi padre en los pasos que él ejecutaba con sus caballos. Era mi espejo, mi referencia. Y ya se convertiría en una constante en mi vida. Logré subirme pronto a un caballo. En vacaciones íbamos a Jandilla, una finca de mi abuelo, y puedo confesarte que me pasaba prácticamente todo el día montado a caballo. Ya te digo: aprendí a montar de pequeño. Tenía un caballo apropiado y, claro, cuando salían los vaqueros pues yo los acompañaba. En este entorno me encontraba sumamente feliz. Nos fuimos a vivir al Paquete –que era como un campito muy coqueto, muy de postal-, donde constantemente permanecía en las cuadras de los caballos de mi padre.

Las últimas generaciones de jerezanos no tienen ‐no tuvimos‐ la dicha de conocer  ‐de cerca o de lejos‐  la personalidad y la aportación (tan expansiva) de su padre como ciudadano del mundo global y de su Jerez natal. Sí nos percatamos que fue profeta en su tierra y que, por ende, muchos años después de su fallecimiento, se le sigue queriendo. ¿Cómo fue su padre, que rasgos del carácter destacaban en él, qué valores?    

Mi padre, en Jerez, conocía a mucha gente. A muchísima. Tenía habilidad para la empatía, para las relaciones sociales, para conectar con cualquier sector. Además fue alcalde y esto, querámoslo o no, te acerca mucho más a las personas. Ejerció también el cargo de presidente de Diputación durante bastante tiempo. Tuvo la oportunidad de hacer cosas por todos los pueblos blancos, que le gustaban muchísimo. Les llevó el agua y cuanto necesitaban en aquella época. Y viviendas. Construyó viviendas. No solamente en Jerez, en el Jerez intramuros, sino también allende sus fronteras. Yo creo que mi padre estaba y estuvo definitivamente muy satisfecho de tan prolífica labor. Cumplió su objetivo con creces. Sus metas, sus objetivos. Ahora, cuando asisto a algún pueblo de estos referidos, y veo alguna placa conmemorativa, me provoca una alegría y una satisfacción inigualables. Si tuviéramos que destacar algún rasgo de su carácter, debo comentarte que, de entrada, era una persona que caía bien a muchísima gente. Tenía y conservaba infinidad de amigos. Era un hombre generoso a raudales, daba bastante. Yo lo he visto con mis propios ojos. Como persona de profundas convicciones religiosas, se preocupaba sin descanso por todos cuantos estaban a su alrededor. Culturalmente era inquieto. Fomentó y cultivó el flamenco, así como la tauromaquia, los toros – que le encantaban- y, como comentamos, naturalmente los caballos. El caballo sustentaba el epicentro de nuestras vidas. En Jerez vivía como si fuera su casa.

Usted cuida, mantiene y aviva un santuario del mundo del caballo como es Los Alburejos. ¿Cómo se siente al saberse heredero y mantenedor de este edén ecuestre que iniciará ‐ años ha ‐ su padre?

Cuesta mucho trabajo mantenerlo pero, no obstante, a tal fin luchamos todos los días. Vivir en Los Alburejos, desde luego, es un luminoso privilegio. Una gozada. Sé que cuesta su puesta al día, los resortes de su mantenimiento,  pero estamos todos muy unidos en este propósito. Luchamos sin descanso. Con mis sobrinos mayores cuidamos este bellísimo patrimonio.

¿Ha cambiado mucho desde el fallecimiento de su padre a nuestros días?  

Hasta ahora mismo en nada. En absolutamente nada. Hay muchas personas que ayudan. Porque trabajan muchísimo arrimando el hombro. Pero en estructura, en distribución, en funcionalidad Los Alburejos no ha cambiado lo más mínimo desde la muerte de mi padre.

¿Cómo es el día a día en Los Alburejos?  

Con gente que monta muy bien a caballo, que cuidan –que saben cuidar- a la perfección los caballos. Profesionales que conocen y están dedicadas a la agricultura para obtener el mejor producto. Una normalidad cotidiana donde lo humano se funde con la mayor belleza de la naturaleza.

Usted trabaja con denuedo por la cría y la defensa del llamado caballo español. Quizás en el concepto más profesional del mismo. ¿Cómo ha de criarse y cuáles son las virtudes principales que ha de caracterizar a un buen caballo en este sentido? 

Es que yo viví una época intensa, apasionante, vibrante, en la que estuve muy metido –al cien por cien- en el mundo del caballo. Rejoneaba muchísimo. Lo que te aporta conocer a infinidad de personas interesantísimas. Poseía además un número importante de caballos. Tuve a muchos bajo mis piernas, incalculables. Y, a decir verdad, buenísimos. Estuve empeñado en la alta escuela, de modo que me granjeé la amistad de grandes jinetes. De jinetes de primerísimo nivel. Aprendí una enormidad. Cambié mi manera de montar – para mejor, obviamente-. El caballo español es un prodigio. Aunque sucede que, naturalmente, hay que tener ese caballo español que sea, ya digo, un prodigio. He de reconocer que tuve la suerte de poseer unos caballos formidables. Míos, de la Yeguada Militar, de varios ganaderos, de todas partes, y, no sé, todos los caballos que yo recogía a mi alrededor… pues ya te digo… Me decían que yo tenía un ojo especial para la elección de los caballos. Yo no lo creo del todo, entiendo que no es así por entero. La verdad es que yo no necesitaba verlo mucho tiempo. Enseguida detectaba al caballo maravilloso. Caballo y español constituye la suma de una maravillosa realidad.

¿Qué caballos han sido inolvidables para usted?    

Los he tenido muy destacados. En el rejoneo especialmente. Triunfo, Universo, Opus, Remate –que era extraordinario-. Asimismo de la alta escuela: Valeroso, por ejemplo. Valeroso tenía un ritmo y una suspensión inigualables. De la Yeguada Militar, igualmente, tuve caballos saltadores excelentes y caballos de doma.

 ¿Cuándo se comenzó a concienciar España  ‐o en España‐ de la auténtica trascendencia e importancia capital del rejoneo?    

Bueno, entiendo que he contribuido en buena medida a ello. Porque al principio las corridas de toros estaban muy basadas en los toreros. Y entonces uno tenía que meter ahí la cabeza como fuese. No suponía empresa fácil, ¿verdad? Costaba trabajo. Mi padre, sin ir más lejos, rejoneó con todas las figuras. Yo también después: con Ordoñez, con el Cordobés, con Camino, con Puerta… Posteriormente, en Jerez, hicimos la corrida de rejones y de aquí salió, emergió, brotó el auge del rejoneo. En aquel momento cenital, de plenitud, yo llegaba a torear al año más de cien corridas. Sostuvo y mantuvo el rejoneo, a partir de entonces, un auge capital. Pero además no sólo en esta tierra: he estado en México, en Perú, en Ecuador, en Venezuela, en Colombia… Recuerdo que la primera vez que salí con los caballos para hacer una exhibición y que estuve en Estados Unidos, en México, en Venezuela, en Argentina y coseché un éxito arrollador. En Argentina, me consta, que no existía un caballo español. Tenían otras razas. Cuando llevamos los nuestros, causaron sensación. Tan es así, que acudí con diez días de contrato y nos vimos en la obligación de alargarlo durante tres días más porque quedaron multitud de entradas en puertas.

¿Podemos asegurar que es usted ‐por méritos propios y sin temor al equívoco‐ el caballista por excelencia de España?  

No, no. Porque existen muchos grandes y muy virtuosos jinetes. E incluso yo he copiado mucho. Pero allí donde era necesario empujar, apoyar, encumbrar, allí sí me encontraba y me encontraban. He sido un defensor de esta causa hasta las últimas consecuencias.  ‐

¿Ha llegado, por otra parte, a descifrar el insondable misterio del toro bravo?

Ahora, en la actualidad, es que observamos un toro más suave, que probablemente sea mejor para el torero pero no tan positivo para el público. Quizá yo apueste más por un toro no tan suave, por un toro que se mueva más. Y creo que los toreros tendrán que llegar a este toro. Porque si el toro anda despacio, la fiesta también anda despacio. En cambio si el toro se mueve, empuja a la fiesta hacia arriba.

Para finalizar: una pregunta de cambio de tercio. Cuando le pregunté al académico Francisco A. García Romero su opinión al respecto de estas bodegas respondió lo siguiente: “Ars longa, vita brevis, decía Hipócrates refiriéndose a la medicina. Aquí, entre soleras y criaderas, percibimos historia y arte: las viejas entrañas de nuestro pueblo (desde aquel vinum ceretanum de Marcial y Columela), las de vendimiadores, vinateros, toneleros, arrumbadores, vidrieros, escribientes, impresores… De todo hay en nuestras familias jerezanas, de todo lo que ha rodeado y sigue rodeando al mundo del vino. Y debe ser un orgullo, como en efecto lo es, para estas históricas bodegas el mantenimiento de un legado cultural tan profundo y auténtico. El vino es cultura. Ya lo era, lo aseguraba el geógrafo Estrabón, para los antiguos turdetanos, nuestros antepasados. In vino, veritas, según el refrán que Erasmo recogió a partir del acervo clásico”.   Supongo y presupongo que para usted constituye un orgullo el mantenimiento incólume de la tradición del vino ‐a través de esta castiza y atractiva bodega‐. Cuando, a mayor abundamiento, vino de Jerez y apellido Domecq siempre han formado un sólo haz.

Hombre, te voy a comentar una certeza que mantengo: los jerezanos no sabemos el milagro de vinos que tenemos. Igual deberíamos cambiar algunos parámetros –algunos mecanismos, algunos planteamientos, algunas fórmulas- para que nuestro vino llegue a más gente. Porque, sí, ha llegado a bastante público destinatario, pero ahora parece que ha bajado su repercusión. No debemos permitirnos el lujo de no llevarlo a todas partes. Insisto: ocurre que en Jerez no nos creemos la maravilla de vinos que tenemos. Posiblemente nos urja una cultura de concienciación colectiva donde además todos rememos en la misma dirección.