Yo quiero una subvención

Que cada palo aguante su vela. O lo que es lo mismo, que cada capricho ajeno no lo paguemos entre todos. Viene esta reflexión a colación por la política de subvenciones a las artes o presuntas actividades creativas desarrollada desde hace años por el Estado, entendiéndose por tal la Administración Central, Autonómica, Provincial, Local, Supramunicipal y demás engendros supuestamente democráticos.

Dinero de todos que se utiliza no siempre para promover la cultura, sino para satisfacer a ya seguros o potenciales votantes. También para no ser blanco de las críticas y para quedar bien. Pero el dinero de mis impuestos no debe estar para esto. Ni mucho menos. Las subvenciones públicas no pueden favorecer negocios privados. Y eso es lo que ocurre.

Es curioso, pero – según se ha publicado  – las mayores cuantías se las llevan los grandes profesionales o empresarios de las artes o presuntas artes. Los aficionados, los que están empezando, los que lo intentan, son siempre los grandes olvidados. Por ejemplo, Almodóvar abre la boca y se la sellan con dinero público. Claro, ganó un Oscar. Pero ya gana suficiente pasta con lo que hace como para recibir más.

Y me parece genial que los grandes popes del cine español ganen dinero a espuertas… Pero del que sus películas recauden en taquilla. Es decir, del nivel de aceptación y de calidad de sus producciones y del número de espectadores que sus títulos sean capaces de atraer.

Creen ustedes que el nuevo bar de la esquina debe recibir subvenciones por el hecho de hacer buenas tortillas de patatas, inmejorables tapas de callos y sirvan la cerveza bien fresquita. Yo creo que no. La clientela, que es sabia, elegirá el nuevo bar para tapear si además los camareros son amables y serviciales.

En buena lógica, si el Estado subvenciona la producción de una película, que es una actividad artística, también debería subvencionar al bar de las tortillas de patatas y de los callos, porque hay que tener mucho arte para cocinarlos. Aunque estaría muy mal visto por la progresía artística, mediática y política que se subvencionaran bares.

Ya puestos, subvencionemos también a los zapateros remendones, los vendedores de chuches, los carpinteros, albañiles, sastres y demás oficios. Esos profesionales deberían tener los mismos derechos que los artistas. Pero no.

Yo también pido una subvención. Este artículo también es una obra de arte. O no. Como muchas de las películas españolas subvencionadas que se estrenan y nadie se acuerda de ellas. Como mis artículos, pero con menos eco mediático.

GRA217 SAN SEBASTIAN (País Vasco), 19/9/2015.- El cineasta Fernando Trueba (Madrid, 1955), ha recogido hoy de manos del ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, el Premio Nacional de Cinematografía 2015, un reconocimiento que le llega tras haber sido galardonado con un Óscar, un Premio Europeo del Cine y tres premios Goya. EFE/Javier Etxezarreta.
Fernando Trueba recoge el Premio Nacional de Cinematografía 2015, EFE/Javier Etxezarreta. San Sebastián, 19/09/2015

En los últimos días, más de uno, de dos, e incluso de tres, se habrán escandalizado al comprobar cómo un cineasta de reconocido prestigio proclamaba no sentirse español, justo en el momento en el que recibía 30.000 euros de premio por ser director de cine español.

Treinta mil euros que, uno a uno, han salido del bolsillo de los españoles, vía impuestos y tasas que impone el Estado español. Cineasta muchas de cuyas películas han sido subvencionadas por todos los españoles. Cintas que en la mayoría de los casos tienen menor calidad que los callos que hacen en el bar de la esquina,  de la chaqueta del sastre, el alicatado del albañil o la solidez de la mesa del carpintero. Todos ellos seguro que se sienten españoles. Yo también. Pero no nos dan una subvención.