Tribuna Libre de María Ángeles Gómez, cooordinadora de Educación y Cultura de Foro.

Desprecio. Humillación. Violación. Agresión. Maltrato. Muerte. Este sería el cronograma habitual que recorren los seres humanos en el comportamiento más abyecto de su ciclo vital. Y a este proceso el lenguaje social y político ha ido acomodando  diferentes denominaciones: violencia machista, violencia doméstica, violencia de género… Es importante tener en cuenta que los seres humanos solo nacemos con sexo; los atributos o características femeninas o masculinas las desarrollamos a partir del aprendizaje.

Por tanto el GÉNERO es un constructor socio-cultural, inculcado en la psique de las personas desde la infancia. Tiene un carácter prescriptivo casi tan fuerte como la biología, afectando por igual a hombres y mujeres y actuando como un corsé de fuerza del que es difícil, pero no imposible  salir. Por consiguiente el  Género es un elemento fundamental en la configuración de la identidad masculina y femenina.

En el pensamiento radical feminista el “Género” se viene identificando únicamente con “Mujer” y en consecuencia consideran la Violencia de Género como una singularidad de la violencia ejercida por los hombres contra las mujeres. Concepción que ha servido para visibilizar, sobre todo a las mujeres en este terrible terrorismo social, pero que presenta dos errores fundamentales: la utilización política de la Violencia de Género y la simplificación de Violencia de Género a la que sufrimos las mujeres por el hecho de ser mujer.

Si estudiamos a fondo cualquier acto de violencia de género, veremos que el origen se encuentra en factores sociales y en la debilidad psicológica del agresor y de la víctima; que el perfil psicológico de ambos  está influenciado por la educación y el entorno. Si analizamos sus consecuencias físicas, psicológicas, económicas, sociales. Si nos detenemos a pensar que la Violencia de Género son todos aquellos actos mediante los cuales se discrimina, se ignora, se somete, se subordina, se ataca a la libertad, a la dignidad, a la seguridad, a la intimidad, a la integridad física y moral.

Si consideramos todos estos factores tenemos que concluir que la Violencia de Género es aquella que se ejerce de un sexo a otro sexo, o dicho de otra manera que la Violencia no tiene Género y que la practican erráticamente los hombres y  las mujeres; eso sí en maneras e intensidad diferentes. Lo que significa que es conveniente aun, actuar en claves de discriminación positiva hacia la mujer, porque el número de casos es aplastante y porque la lacra genética y educacional es todavía pesada y abrumadora.

El movimiento feminista radical, influenciado por el fundamentalismo norteamericano ha tomado un camino equivocado, según la feminista francesa Elizabeth Bandinter, al considerar de manera general a la mujer como víctima y al hombre como verdugo. Esta tesis seria discriminatoria y por lo tanto sexista y sobre todo que puede alentar sentimientos de frustración y agresividad en machistas descerebrados que solo saben solventar su inseguridad a través de la violencia.

Según Bandinter la preocupación explicita por la violencia contra la mujer, ha creado otras víctimas silenciosas: los hombres. Los hombres, a los que es difícil escucharles porque no son capaces de admitir su propia vulnerabilidad. La sensibilidad hacia los hombres como víctimas de Violencia de Género ha de partir de los sectores más sensibles y comprometidos. Las mujeres no podemos ser excusa de la discriminación de ellos, porque discriminar a los hombres no es el camino correcto.

El feminismo crítico, inteligente y comprometido debe liderar este nuevo reto, entre otras cosas para no proporcionar excusas a los machistas irreductibles que aún quedan en las cavernas de este país. El horror constante de la violencia sexista y el dolor atronador de la Violencia de Género nos obliga a exigir una respuesta social y política urgente. Una respuesta que va más allá de “celebrar el día de “, más allá de observatorios sin planes y actuaciones concretas, más allá de contemplar siempre lo políticamente correcto, más allá de politizar el sufrimiento y el horror de la mujeres…

Hemos de instaurar una verdadera revolución educativa no sexista en la familia, en la escuela, en la sociedad, en las iglesias, en lo público, en lo político. Cuestionar los roles sociales y estereotipos establecidos. Los hombres han de aprender a despojarse de sus prejuicios machistas, de admitir que los hombres también lloran y asumir que expresar el dolor no es signo de debilidad ni de falta de hombría.

El repunte escandaloso de violencia en la juventud es el fracaso más clamoroso de la Educación en la escuela, la familia y la sociedad  que prestan más atención a proyectar chicos y chicas “enseñados” en las disciplinas al uso, chicos y chicas lumbreras y exitosos (para después exportar al extranjero),  y que ignora la educación en valores, emociones, creatividad, sensibilidad, condicionantes imprescindibles para construir un mundo de hombres y mujeres en igualdad. Es además la constatación definitiva de que algo estamos haciendo mal, muy mal, también frente a la Violencia de Género.