Tribuna Libre de María Román López, Área de Igualdad de IULV-CA de Jerez

Dicen que es bueno, para mejorar, mirarse a un espejo y buscar respuestas, o simplemente, hacerse preguntas frente a él. Pero en toda reflexión de una sola voz vive una baja sospecha y una peor respuesta: un reflejo aislado de cuanto somos. Y, debemos decirlo, somos pobres en soledad.

La violencia hacia y contra la mujer no dista de muchas otras degradaciones sociales que hoy en día vivimos, implica una realidad social general. Los datos que sobre ello han arrojado recientemente el informe Andalucía Detecta del Instituto Andaluz de la Mujer (IAM), el “Congreso para el Estudio de la Violencia contra las Mujeres” este mes o el balance sobre actuaciones municipales en el ámbito de la atención a mujeres víctimas de violencia de género a través del Centro Asesor de la Mujer (CAM) el pasado octubre, dan coordenadas suficientes para saber adónde hemos llegado. El sentido de este lastre sigue estando en sus raíces: el peso de la moral católica, que se practica connatural a nuestra identidad política y social, y, por supuesto, la desigualdad sistémica que alimenta y genera el modelo económico capitalista que nos rige. El momento, su crisis.

Si bien en la violencia contra la mujer (¡y en qué no!) hablamos de cuánto cala la cultura hegemónica que nos cosifica a hombres y a mujeres en una insalubre relación de poderes desiguales y confrontados (digamos, estereotipos heteropatriarcales tanto manifiestos como encubiertos de los que se empapan nuestras instituciones, nuestros medios de comunicación, nuestro concepto y oferta de ocio, el ámbito laboral, la economía, la música, el cine, nuestras relaciones sentimentales…), es de lógica aplastante traer aquí, concretamente, la miserable condición económica y cultural a la que hemos quedado expuestos y vendidos las gentes de esta ciudad. Donde nuestra “cultura”, este discurso diferencial naturalizado, encuentra su mejor caldo de cultivo.

En un Jerez en que día a día pagamos con creces los desatinos y despropósitos de su nefasta “gestión” política, nos urge no solo que se produzca un apoyo real y eficiente (no real, en realidad) a medidas preventivas de formación e intervención en la violencia de género, sino darnos la oportunidad, más allá de paliar las consecuencias, de transformar estructuralmente el modo de pensar nuestro presente. Necesitamos concebir una cultura creativa, creciente, desvinculada del calendario religioso, que desactive la que solo se arma en los límites de sus tradiciones más añejas. Aquellas que si bien son riqueza pierden su brillo en su sospechosa institucionalización, exclusividad y primacía. Vivir y fomentar una cultura que concuerde con una educación social desmercantilizada, laica, igualitaria, que contemple en positivo nuestra diversidad y enriquezca los valores éticos, y su ejercicio en las formas de vida de nuestra juventud, motor de futuro. Y por supuesto, una reformulación de la economía local más allá de la rentabilidad privada, integradora y equitativa, que se articule en servicio de los ciudadanos para dotarnos de las garantías básicas de autonomía social frente a nuestras sangrantes tasas de desempleo y la actual asfixia de nuestro tejido productivo. Y cuánto no queda en el tintero.

Repensar las violencias, sus poderes, sus llagas, infecciones, y sanarlas desde dentro. Tenemos memoria. Necesitamos de una apuesta por una mejor organización económica, política y social que construya sus pilares desde lo común y no desde la diferencia. Queda mirar hacia algún sitio más allá de lo que alcanza el espejo que nos han dado y ofrecernos el tiempo y el espacio a un futuro que ya llega tarde. No somos pobres, estamos pobres, mucho cuando creemos que lo somos, más cuando creemos que estamos solas.