Tribuna libre de Manuel Pareja Aparicio, abogado en Pareja & Flores

La muerte y funeral del Presidente Suárez ha sobrepasado todas las expectativas imaginables. No porque se le haya organizado un funeral de estado, que también tuvo el Presidente Calvo-Sotelo, sino porque la altura del personaje lo merecía. Me quedo con la respuesta popular masiva de agradecimiento del pueblo sencillo, que le ha gritado a Suárez, ¡Gracias Presidente!

No sé cuánto durará este efecto, pero lo que sí creo es que ha despertado un sentimiento colectivo de comparación con nuestros políticos de hoy y de hace unas décadas. En esta comparación Suárez gana de corrido, y se ha convertido en un santo laico.

En los días que España ha estado atenta a Adolfo Suárez, he sentido que éramos un país mejor, menos canalla, más dispuesto al entendimiento, al espíritu de consenso de la transición que los de mi generación no catamos por ser aun niños; y a la vez he sentido como nuestra clase política, empezando por el expresidente González y sus gobiernos, y terminando por Rajoy y su consejo de ministros, se empequeñecían al lado de la figura de Suárez.

El Presidente del 23-F no se escondió bajo el escaño, le gritó a Tejero que se cuadrase, se enfrentó a los militares, a los socialistas que tenían prisa por llegar al poder, a la gran banca, a la Iglesia, y luchó desesperadamente por el entendimiento y la concordia; lo echaron del poder, apuñalado primero por los suyos, y abandonado después por el Rey.

A Suárez terminó por no votarle casi nadie, y hoy le votan todos; lo añoramos, porque hemos enterrado a un político honrado. Un político con principios y valores que no son de plástico como los que abundan en los políticos actuales. No se enriqueció, no estuvo en ningún Consejo de Administración y tuvo las manos siempre limpias. Todo un héroe. Esto es noticia en España por la rareza que representa. Ya tenemos a nuestro Daoiz y Velarde del siglo XX.

Lo mejor que nos puede pasar a la muerte del Presidente Suárez es que el pueblo español eleve el listón de su exigencia para nuestros representantes al nivel del Presidente de la Transición. No es tan difícil, “elevar a la categoría de normal, lo que en la calle los españoles vemos normal”. Ese día, España empezará a ser otra, mejor que la que tenemos. Será el efecto Suárez.