La reina de Castilla fue asesinada y enterrada en Jerez

 Por Miguel Ángel del Valle 

Es curioso cómo ciertas cosas acaban llegando hasta nosotros. Me topé con esta historia por casualidad, de forma inesperada y terminó por cautivarme. Se trata de unos hechos que como de costumbre, hacen que la realidad supere a la ficción. Me refiero, al asesinato y entierro de toda una reina de Castilla, que por sorprendente que pueda parecer, ocurrió en nuestra ciudad.

Doña Blanca de Borbón
La protagonista de estos hechos fue Doña Blanca de Borbón. Y esta es su historia.

Blanca de Borbón nació en Francia en la ciudad de Vincennes, en la primera mitad del siglo XIV. Su familia estaba emparentada con la realeza francesa, por lo que dada su posición acabó contrayendo matrimonio con alguien de ilustre linaje. Ese fue Pedro I de Castilla, otro de los protagonistas de esta historia.

Pedro I fue un monarca con un reinado turbulento. Las reyertas con algunos miembros de su familia, el conflicto con buena parte de la nobleza castellana y las guerras con otros reinos cristianos, convirtieron los años de Pedro en el poder, en una sucesión de guerras y conflictos internos que terminaron por desgarrar Castilla.

A medida que la situación se iba encauzando en esta línea, algunos miembros de la corte de Pedro I, consideraron ventajosa la posibilidad de entablar lazos matrimoniales con otros reinos europeos. Con el fin de asegurarse su respaldo en futuros acontecimientos. Bajo esta premisa se orquestó la boda entre Pedro I y Doña Blanca.

De este modo, Doña Blanca abandonó su hogar en Francia y se encaminó a Castilla. El enlace tuvo lugar en Valladolid, en 1354. Y tras la noche de bodas, Pedro abandonó a Blanca para acudir al encuentro de su amante María de Padilla. Ciertas fuentes sostienen que el rey actuó movido por sus pasiones. Aunque otras parecen apuntar que buena parte del interés del monarca castellano en el enlace, residía en la dote o pago que la familia de la novia acostumbraba a realizar al novio en aquella época. Al parecer, fue posible que Doña Blanca revelara a Pedro que su familia no sería capaz de pagar por completo el dinero acordado. En consecuencia, Pedro se sintió engañado y optó por regresar a los brazos de su amante.

La actitud de Pedro I tras el enlace, no fue del agrado de la nobleza castellana. Surgieron duras críticas en contra de la figura del monarca. El enlace con Doña Blanca parecía haber pasado a ser un serio contratiempo para el rey, por lo que Pedro decidió mantener cautiva a Doña Blanca, trasladandola por diferentes ciudades de Castilla.

De esta forma Doña Blanca inició un periplo por el reino, que terminó conduciéndola a Toledo. Allí, logró zafarse de los hombres del rey que la escoltaban y permanecer un tiempo en la ciudad.

Estos hechos no pasaron desapercibidos en el reino. A muchas ciudades de Castilla fueron llegando las noticias del cautiverio de la reina. Entre ellas Jerez de la Frontera. Ya por aquel entonces ciertas familias de la ciudad contrarias a Pedro I, comenzaron a denunciar la injusticia que se estaba cometiendo con la reina. Pese a que la ciudad en su conjunto, permaneció leal a Pedro.

Pedro I de Castilla ‘El Cruel’

Ante una situación que se volvía compleja por momentos y tras superar una auténtica odisea, Pedro I se plantó en Toledo al frente de un ejército. Entró en la ciudad y convenció a la reina para que la abandonara. ¿Pero qué hacer ahora con ella?

Doña Blanca había pasado a ser un serio riesgo para su reinado. Una figura de legítima autoridad en torno a la que sus detractores podían unirse en su contra. Lo único que Pedro I pudo hacer llegados a este punto, era mandar a Doña Blanca a los confines del reino. Lo más alejada posible, para que no representase una amenaza. A una tierra de frontera. Y fue de esta forma que Doña Blanca recaló en algún lugar próximo de nuestra geografía.

En este punto los hechos se vuelven un tanto confusos. Lo más posible es que tras deambular por varias plazas del entorno de Jerez, Doña Blanca terminase cautiva en la fortaleza de Sigüenza. Un torreón a los pies de la Sierra de San Cristóbal, que se localizaría en lo que actualmente sería el Poblado de Doña Blanca. De ahí su nombre.

En aquellos momentos, Pedro I ya era incapaz de manejar una situación que se había vuelto insostenible. La oposición de su hermano Enrique de Trastámara y la guerra con el vecino reino de Aragón, condujeron al rey a un callejón sin salida. Ya no podía mandar más lejos a Doña Blanca, que había acabado por personificar la injusticia misma que el rey estaba llevando a cabo contra el reino.

Fue por ello que Pedro I de Castilla, tomó la decisión final de acabar de raíz con el problema de Doña Blanca. Así ordenó que la reina fuera trasladada al Alcázar de Jerez de la Frontera. Una fortaleza bien defendida y al cargo de un hombre de confianza, Juan Pérez de Rebolledos, Alcaide del Alcázar. Rebolledos ya había servido antes al rey en las guerras contra sus detractores dentro del reino y acaudillado a las tropas jerezanas en varias incursiones en el reino de Aragón. Había demostrado ser un hombre de armas leal, dispuesto a cumplir con la voluntad de su señor. Y sobre sus hombros recayó la ejecución de la orden real de asesinar a la reina.

Las fuentes discrepan en las formas. Pudo ser por envenenamiento o de forma violenta. Casi sin lugar a dudas, estos hechos acaecieron en el Alcázar de Jerez. Y lo que resulta incuestionable, es que su autoría correspondió a Juan Pérez de Rebolledos, ballestero de mazas del rey, por orden directa de Pedro I.

Nuestra ciudad fue escenario de estos truculentos hechos. En aquel entonces parece que el suceso fue de dominio público. Se supo del asesinato y de que fue ordenado por el rey y ejecutado por Rebolledo.

De esta forma llegaron a su fin los días de Doña Blanca de Borbón. Reina sin trono de Castilla y cautiva de los designios de su rey. Fue en 1361, tenía veinticinco años.

Pero esta historia no termina ahí.

Poco tiempo después de ser asesinada Doña Blanca, Enrique de Trastámara entró en Castilla con un ejército mercenario francés, para arrebatarle el trono a su hermano Pedro. Enrique avanzó raudo por el reino y no tardó en llegar a Sevilla sin apenas oposición. Allí se percató de que no iba a necesitar una hueste tan numerosa para someter un reino consumido por años de guerras internas. Por lo que decidió licenciar a buena parte de sus tropas.

Pero entre esas tropas, se encontraban algunos caballeros franceses, emparentados con Doña Blanca, que habían acudido con Enrique para vengar la afrenta que Pedro había perpetrado contra la joven reina. Fue por ello que ante la posibilidad de volver a su tierra, los caballeros reclamaron a Enrique, ya por aquel entonces proclamado rey, justicia por la muerte de la reina.

Pedro se encontraba fuera del alcance de Enrique. Pero al no haber habido discreción alguna al perpetrar el asesinato, era sabido quién había sido el autor material de los hechos. Por lo tanto el rey Enrique II, ordenó detener a Juan Pérez de Rebolledos y llevarlo a Sevilla ante la justicia.

Hay fuentes que afirman que el juicio de Rebolledos fue la primera justicia que administró Enrique como rey. Otras que una vez en Sevilla, Rebolledos fue entregado a los caballeros franceses emparentados con Doña Blanca. Y que ellos fueron los responsables de enjuiciarlo. En cualquier caso, el resultado fue que Rebolledo fue declarado culpable de la muerte de Doña Blanca y ahorcado en la puerta de Carmona en Sevilla.

Como plantean ciertas fuentes, ni en la muerte encontró descanso Doña Blanca. Su cadáver acabó por reposar en nuestra ciudad. Concretamente en el Convento de San Francisco. Allí se le dió sepultura, siguiendo las indicaciones de los mismo caballeros franceses que acompañaron a Enrique II. Esta ubicación debió de ser temporal, pero terminó por convertirse en permanente.

El lugar concreto, no está del todo claro. Es muy posible que el cuerpo fuera depositado inicialmente en la antigua capilla mayor del convento. En 1477, coincidiendo con la visita a Jerez de los Reyes Católicos, la propia reina Isabel ordenó que los restos de Doña Blanca fueran trasladados al lado de la epístola del altar mayor y cubiertos por una lápida sepulcral.

Cuando se produjo la reedificación del convento en el siglo XVIII, los restos de Doña Blanca fueron recogidos en una caja de cedro y su custodia, quedó a cargo del responsable del convento.

De este modo permaneció hasta que en 1873 la caja con los restos de la reina castellana fue trasladada al archivo municipal. Al cabo de un año, la caja de cedro regresó  de nuevo al convento de San Francisco. Y se depositó en una pequeña cripta al lado del altar mayor.

La última noticia que se tuvo de los restos, data de 1910. Fecha en la que el por entonces archivero municipal, Adolfo Rodríguez del Rivero bajó junto con el alcalde de la ciudad, el Marqués de Campo Real, a la cripta y confirmó la presencia de la caja, junto con algún tipo de documentación en mal estado.

Allí siguen desde entonces los restos de Doña Blanca de Borbón. Aún hoy, a la izquierda del altar mayor del Convento de San Francisco, está colocada la lápida que encargó la reina Isabel la católica cuando vino a Jerez. Allí permanece como un recordatorio atemporal de que toda una reina de castilla, falleció y fue enterrada en Jerez de la Frontera.

Bibliografía:

Rallón, Esteban; “Historia de Jerez de la Frontera”; Establecimiento Tipográfico de Melchor García Ruiz; Jerez de la Frontera, 1890. Tomo II.

Sánchez, Hipólito, “Historia de Jerez de la Frontera”, Jerez Industrial, Jerez de la Frontera, 1964. Tomo I.