Cuando yo conocí el “bar Juanito”, en la calle Consistorio, éste tenía el tamaño de una caja de zapatos y los pajaritos guisados entraban crujientes y sin multar en nuestras bocas; señoritos satisfechos y gitanos maqueados se ponían de grana y oro entre aquellos cinco metros. La Cruz Blanca vivía su apogeo entre vieiras, bocas de la isla y medias botellas, y Jerez no intentaba ocultar el pelo de la dehesa bajo toneladas de cemento.

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En su pequeño, diminuto acuartelamiento de la calle Larga un ejército de soldados de pavía, filetes con tomate y tostadas con pringá esperaban órdenes de combate. Cada día en “La Venencia” comerciantes,bancarios, tratantes de ganado, funcionarios y amas de casa de vuelta del mercado desfilaban por aquella habitación llena de prodigios. Para mí, el perfecto funcionamiento de un bar del tamaño de “La Venencia” en la hora punta sigue siendo, aún hoy, un misterio, como el Santo Grial, la televisión, el fax, internet, la presión del agua, o la Inmaculada Concepción.

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Imagen de plato en el Bar Juanito de la “Ruta de Tapas en Jerez”

Me gustaría saber de donde nos viene esta afición de los jerezanos por los bares estrechos; en “La Manzanilla” si te juntas con más de cuatro terminas tomándote los mejillones en Correos, y el tortillón del “Maypa” no lo hacían más grande porque no cabía; a lo mejor es que pensamos que para sentarse ya está la casa de uno, o el cine. No sé, quizás sea una forma elitista de preservar el derecho de admisión patentado por la hostelería local; algo así como pseudopeñas gastronómicas para los habituales, en las cuales debiera figurar un cartel con la leyenda “Aquí caben los que tienen que caber. Faltaría más.”

Que le vamos a hacer, tonterías y obviedades que se me ocurren; y es que cuando me pongo a pensar me da miedo de lo simple que llego a ser, con lo bien que se está en la barra de Faustino y lo incómodo que es el patio, que parece un teatro con toda esa gente sentada.