Me cuesta entender la profunda y gratuita animadversión de algunos, bastantes, por todo lo católico. Como si lo progresista, o mejor lo “progre”, fuera consustancial a la tirria enfermiza por los valores católicos. Muchos de nuestros políticos, y otros que no ejercen, sienten que cualquier roce con el entramado católico entraña una mancha en su currículo público de difícil disolución. Aunque luego de tapadillo desfilen de nazarenos.

Si bien es cierto que se puede discrepar con personas e instituciones que ni son ni pueden ser perfectos, en ningún caso debiéramos despreciar la transmisión de unos valores que, casualmente, coinciden con meridiana exactitud con los básicos para la convivencia.

En mi reciente visita a un campamento Scout católico en las formidables cercanías del lago de Sanabria he podido constatar todo ello. Allí no existe ni atisbo del adoctrinamiento de “ikastolas”, ni el centrifugado de los cerebros, sino llanamente la enseñanza de principios universales y el placer de convivir según ellos.

Uno de estos valores execrables, fundamental pero que parece olvidado en los tiempos que corren, es la perfecta armonía de derechos y obligaciones, sin que prevalezca un palmo lo uno sobre lo otro. Todos tenemos derechos a ser tratados como personas y todos tenemos la obligación de tratar a los demás como tales.

En dicho campamento, y supongo que en todos los similares, no se permite que haya un niño que se sienta solo sino arropado. Tampoco se consiente la tristeza sino la sonrisa. Allí los unos comparten todo con los otros. Les muestran que no vale de nada ser mejor que el otro, en una suerte de competición insana e inacabable, sino que debemos mejorarnos día a día a nosotros mismos. Les inculcan que subir o progresar es positivo pero no trepando sobre los hombros de otro. Que mejorar no es tener más sino ser mejor persona y que eso, siempre, es una fuente de beneficios futuros. Insisten machaconamente en que se debe tender la mano al que se queda rezagado. Y se aprende, además, a conocer y respetar escrupulosamente a la naturaleza.

Este un breve muestrario de lo que aprenden y practican los niños en un campamento Scout que es y presume de ser católico. Son notorios los terribles y nocivos valores que allí se aprenden.

Sólo se me ocurre, así al pronto, la organización de un campamento Scout donde buena parte de nuestros políticos y gobernantes, y otros que no ejercen, puedan curarse la soberbia de la ignorancia y aprender valores tan malditamente Scout y católicos como la solidaridad, la generosidad, la bondad, la honestidad y el respeto a la naturaleza.

Me temo que no habrá demasiadas peticiones.