Bendito día de playa

“¡Pepeee!, lleva la nevera más alta, y procura que no se abra, ¿no ves que va arrastrando?”

 Por Pascual Fernández Espín 

Y los calores ahí, en todo lo alto y castigando lo que no está escrito, recordándonos con saña los mensajes de fatalistas y demás aprendices de Nostradamus, sobre lo del calentamiento global del planeta y otras lindezas por el estilo. No falla, siempre igual. ¡Esto es la hecatombe!, pronostican los cenizos. Esto es el Big Bang final. ¿Se han dado cuenta ustedes, señoras y señores, de que últimamente, y siempre por estas fechas, suele saltar las mil alarmas de iluminados y agoreros? Y este año, además de los cuarenta grados a la sombra y el agua del cielo en huelga de celo, con lo del desprendimiento del gran iceberg de la Antártida, ración doble de profetas de mal fario. Pero claro, en tanto crecen mares y océanos, nos llegan los tsunamis de turno o “esto” llega a convertirse en la caldera de Pedro Botero, algo habrá que ir haciendo para paliar la sofoquina y el escaldufamiento global. Digo yo. Y por ahí empezamos.

Son bastantes las familias que intentando airear asilas o dar una variante a la rutina diaria se organizan un viajecito en utilitario a la playa más cercana, que bien pudiera ser esta o aquella, de las ciento que tenemos en este país churruscado por la calima. Y sin acordarse de los inconvenientes sufridos el año pasado, ni de los problemillas añadidos que supuso el día de playa, ¡ale!, todos al coche. ¡Nos vamos a la playa! Con tal darle una variante a la monótona vida semanal, o meter los pies en el agua, aunque sean unas horitas, la familia de nuestra historia ha llegado al convencimiento de que merece la pena pasar el día fuera de casa, pase lo que pase y se fría quien se fría. Ahora bien, sí a la aventura emprendida la pasamos por el filtro de la realidad, del disfrute o del inconveniente; es decir, si resaltamos las “bondades” que pudieran reflejar pasar el día en la playa, bajo una calima de mil demonios, rodeado de sombrillas, de gente requemada, de miradas indiscretas y tortilla con arena, es posible que alguno de ustedes antes de lanzarse a la aventura, o tan siquiera de poner el coche  en marcha, se lance en tripe saltos mortal, tirabuzón incluido, a la bañera de casa, ya que al final uno/a no sabe que es peor, si bañarse en disgustos o en sudor.

Después de aguantar el tormento de la caravana de vehículos correspondiente, pitorradas infames, impericias de novatas/os, improperios de muchos, frenazos de todos, y de: ¡papá, para que me meo!, con el coche indigesto de ilusiones, familia y arpechusques playeros, por fin llegan a las inmediaciones de la playa. Primer problema. Dieciocho vueltas después de ir buscando aparcamiento por los alrededores sin encontrar un mal hueco donde aparcar, poco a poco hay que ir alejándose del charco, hasta que por fin, a media hora de la playa, se encuentra el ansiado aparcamiento. Pero un aparcamiento tal que así, muy, pero que muy justito, de los que rozan los espejos y hasta las cagadas de paloma. O sea, de los que hay que dejar la rueda delantera sobre el bordillo y el parachoques encima de la raya de prohibido aparcar. Acordándose en los ancestros del fabricante de esos coches automáticos que aparcan solos a ritmo de ¡pi, pi, pi!, bastantes maniobras después, aunque pelín de lado, el espejo retrovisor lisiado y la zaguera fuera de línea, el coche queda aparcado. Es decir, estacionado, porque decir aparcado, pues que no. Con un sol abrasivo sobre las cabezas, picando más que un avispero irritado, la familia, o sea, el padre, la madre, la suegra, los dos niños y el bebé, además de la perrita Lulú, comienza la descargar de aperos playeros. Un montón. Uno, otro, otro, otro, otro…”Oye, que tan solo es para unas horas y no para el mes entero, digo yo.” Se escucha decir al cabeza de familia, todo hombretón y macho Alfa, con sospechoso retintín en la voz como queriendo dejar claro quién manda en casa. Pero ella, la señora de casa, la de fular cumbre grasas y pamela de palma, altiva y pizpireta, empujando el cochecito de bebe como lo haría la Duquesa de Alba, se dispone a encabeza la comitiva, le siguen los mellizos, la mama y la perrita Lulú. El marido, con la sombrilla prisionera bajo la asila, la nevera en una mano, las dos silletas de playa en la otra y cubito y pala de jugar los niños en la boca, cierra la caravana. Y por fin, todavía en la distancia, comienzan a ver las primeras sombrillas en las inmediaciones del agua.

– ¡Pepeee! ¿Le has puesto crema a los niños? A mí se me ha olvidado.
– ¡Pepeee!, lleva la nevera más alta, y procura que no se abra, ¿no ves que va arrastrando?
¡Pepeeee! Vigila que Lulú no se haga caca, se me han olvidados las bolsitas en casa.
– ¡Pepeeee! ¿Y la gorra de Juanito y Pedrito?
– ¡Pepe…

Pepe refunfuña, los niños se pelean, el sol fríe y la suegra mueve los pelitos del bigote con asco y sudor, pero muy lejos de la calma. Tras veinte minutos de marcha, la familia al completo da los primeros pasitos sobre la arena de la playa.

—¡Mami, la arena quema! —Exclaman los niños, dando saltitos de rana. Y por fin, cinco filas atrás, el sol arriba y el viento de cara, la sobrilla queda instalada. La perrita Lulú, que es la más espabilada, la que nada se le escapa, es la primera en acampar y tumbarse en la arena de la playa. Al final, encogidos como contorsionistas de feria, todo el mundo queda a la sombra, menos los pies de la abuela. Nada, que no hay manera, la artrosis y los juanetes son los culpables de que las piernas de mamá quede tiesas como mastines de bandera. Esperemos que con la crema de protección solar del cincuenta, y mucha suerte, los pies de la abuela no se queden como sus uñas mejilloneras. Azabache y concha esmaltada.

Crema a la abuela, crema a los nenes, crema a la espalda de mami y crema hasta para la perrita Lulú y, ¡ala!, primer chapuzón en el agua.

– ¡Mami!, está muy fría, yo quiero jugar en la arena de la playa.

– ¡Pepeee! Ponle la gorra o Pedrito y Juanito, ¡y juega con los niños! Ordena la comandante del regimiento, la jefa de familia y playa.

Dos de la tarde. El sol no calienta, fríe, abrasa. Más crema. Más juego con el cubo y la pala, doble capa de crema y más comandante de familia y playa.

– ¡Pepeee!, Ve al chiringito y calienta el potito, y tráete una de  croquetas, otra de chocos y otra de calamarcitos, y ya sabes que a mami le gusta el tinto de verano bien frío. Antes de irte, parte en daditos la tortilla y ponle un flamenquín a cada niño. Y no te entretengas en el chiringuito, ya sabes cómo se le pone el humor a mami como tenga que tomarse las pastillas con el estómago vacío.

En el chiringuito, sucursal extrema de Hacienda y de la mafia calabresa, el palo que le endiñan a las finanzas de Pepe le deja tiritando el bolsillo. Vamos, para no levantar cabeza lo que queda de mes.

¡Los calamares, han sido los calamares!, se queja la abuela a media jornada. Ni con dos vasos de tinto de verano añadidos se le pasa a la abuela las ganas de potar. Y pota en la sombra, bajo la sombrilla y todos los que en ella se cobijan. Las quemaduras de tercer grado en las piernas de la abuela, en los brazos de los nenes y en la cara de la mami, fomentan el “cariño” familiar, y por fin, todavía con el sol rascando con uñas de gato enfadado, deciden recoger el acuartelamiento y desandar el camino andado. Nevera, sombrilla, gorrita de un nene, gorrita del otro nene, cubo y pala de jugar de arena, conchas de almejas, y cien enredos más, hacen que papi y mami lleguen al coche más sudados y más irritados que cuando horas antes llegaron ilusionados.

Pascual Fernández Espín, escritor murciano nacido en Bullas en 1948, es autor de “Bulerías tal como lo escuché”, “Salto lucero”, “El pastel ajeno”, “Con el Otoño a cuestas” y de “Testimonio de una tragedia”.

Papi, en el limpiaparabrisas del coche hay un papelito. Dice Pedrito, uno de los mellizos. Yo quiero el papelito, dice el otro mellizo.

 ¿Queréis parad quietos? ¡Pedrito y Juanito! ¡Y dejad de una puñetera vez el papelito! ¿A ver qué dice el papelito? Ordena Pepe, pero al leer el papelito se enfada con la mami, con la suegra, con Lulú, con Pedrito y con Juanito.

Con la multa de doscientos euritos por mal aparcamiento en el bolsillo, sudorosos y chuscarrados hasta las cejas, y más cabreados que cabra soltera, la familia unida, sin ser vencida, emprende el regreso a la dulce casita. A la bañera del dulce hogar. Tras dos horas de caravana, de pitorradas infames, de impericias de novatas/os, de improperios de muchos y frenada de todos, llegan a casa. El bebe llora, Pedrito y Juanito se arañan, el perrito ha hecho caca, la abuela gruñe, la mami manda…Pero aun así, bendito día de playa.