Yo, cada vez que quiero sonreír, me acuerdo del Bo. Me acuerdo de un  Jueves Santo, a las tantas de la mañana, volvía yo a mis aposentos de la Residencia Militar, sobrio como un notario dada la hora. Y allí estaba mi Bo, en mitad de la plaza de Santiago – traje, corbata, zapatos impolutos-, “maqueao” como un marqués, con un capirote calado como único complemento, y bailando a compás. Ustedes se preguntarán como supe que era él; está claro que el que se lo pregunte no conoce a el Bo.

El Bo, Manuel Soto, con túnica y alas de ángel, disfrazado de Yogui, aunque lo escondas entre otros veinte palmeros, percusionistas y cajistas varios, mueve una de esas patitas prodigiosas que tiene…y se retrata. Sordera, si, pero Bo. Gitano, sí, pero Bo. Compás, duende, gracia natural y sobrenatural, sí, pero sí.

Bar el Arco, con Moraito, Joaquin y La Macanita
Bar el Arco, con Moraito, Joaquin y La Macanita

Lo recuerdo en la boda de mi primo Rafael a principios de los 80, con sus compadres y cómplices (Moraito, el Chicharo, Mercé) proporcionándome una de esas noches que los gachós solo podemos recordar con la alegría y la pena inmensa de no ser ellos. Desde entonces voy a las fiestas con un cigarro en una mano y un guisqui en la otra; mas que nada para evitar la tentación de quedar como un pamplina.

Ahora, que hago menos calle y ha cerrado Agustín el de “El Arco”, cuando quiero saber de el le pregunto a mi hermano.