La ‘primera operación a corazón abierto’ fue realizada por un jerezano

Álvar Núñez Cabeza de Vaca descubrió y conquistó la mitad de lo que hoy son los Estados Unidos sin derramar ni una sola gota de sangre

 Por Alberto Pacheco 

Cortés y Pizarro son conocidos en medio mundo como sanguinarios conquistadores. La realidad, sin embargo, fue otra. Sus conquistas se basaron en el pacto, pues los indios vieron en los españoles unos líderes mejores que los que habían tenido hasta el momento y, en la religión católica, una religión más humana que aquellas en las que los sacrificios humanos eran el pan de cada día. Las figuras de Cortés y de Pizarro, por tanto, forman parte de la leyenda negra.

Y este es quizás el motivo por el que Álvar Núñez Cabeza de Vaca ha sido injustamente olvidado, porque no hay nada que se le pueda reprochar. Este jerezano descubrió y conquistó la mitad de lo que hoy son los Estados Unidos sin derramar ni una sola gota de sangre, en diez años y acompañado de un ejército formado por miles de indios.

Asimismo, es autor de una de las obras literarias más asombrosas de su tiempo: Naufragios. Aunque se trata de una relación, es decir, un informe oficial de una empresa de conquista, presenta ciertos rasgos propios de la narrativa de aventuras y del diario, pues el jerezano no solo da cuenta de los hechos, sino que nos transmite su fabulosa experiencia en primera persona. En esta expedición, que partió el 17 de junio de 1527 del puerto de Sanlúcar de Barrameda, acontecieron sucesos inverosímiles, entre ellos el que los cuatro supervivientes fueran hechos esclavos por una tribu indígena.

Los indios los convirtieron en médicos y en chamanes. Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en algunos casos, se servía de los conocimientos médicos que había asimilado en las guerras de Italia y contra los comuneros; en otros, se dedicaba a rezar. Lo más sorprendente del caso es que dejó de ser esclavo para convertirse en el jefe de la tribu. Su pericia como médico debió de ser mucha, pues llegó a operar a corazón abierto a un indio que tenía una flecha clavada. Se trató, de hecho, de la primera intervención quirúrgica de este tipo de la que tenemos noticia, lo que le ha valido para ser considerado todo un símbolo en la cardiología estadounidense.

También en este país, en Estados Unidos, es muy querido por los afroamericanos, pues trató como uno más y no como a un esclavo a Estebanico, un hombre de raza negra que formaba parte de la expedición y que resultó ser uno de los cuatro supervivientes.

Su vida estuvo marcada por el infortunio, como el de tantos grandes hombres de la Historia de España. Como recompensa por sus hazañas, se le asignó el cargo de gobernador del virreinato del Río de la Plata. La alegría, sin embargo, le duró poco, pues fue engrilletado y enviado a España acusado de independentista; algo, por cierto, que fue totalmente falso, pues su único pecado fue imponer las Leyes de Indias, legislación española que protegía a los indios y que son el origen de los Derechos Humanos, en un momento de sublevación en el que la Corona perdió el control y la anarquía campaba a sus anchas en Asunción, capital virreinal. Aunque quedó absuelto, nunca más volvió a América y acabó su vida como prior en un convento sevillano.

El periplo vital de este jerezano constituye, en definitiva, un ejemplo de sacrificio, de valentía y, sobre todo, de honor, algo que en la España de los Siglos de Oro era más preciado que el vil metal.